Una de las características del mundo contemporáneo es la aguda competencia entre las economías de EEUU y China, la cual viene dándose en los últimos 30 años, y que también se expresa en el terreno político, diplomático pero puede apuntar a un choque militar directo no solo entre esos dos países y los bloques de aliados de cada uno, sino en el plano de una guerra generalizada, una nueva guerra mundial. Muchos de los focos de guerra hoy en curso son resultado de esta competición.
Entender el carácter de clase de ese conflicto es crucial para los trabajadores y los pueblos, y por supuesto para el movimiento comunista internacional, que enfrenta un conjunto de dificultades derivadas de debilidades, tergiversaciones y confusiones teóricas, sobre todo en la cuestión del imperialismo.
Y no estamos pensando solo en las posiciones ideológicas ajenas al marxismo-leninismo y al movimiento comunista, sino a posiciones que lo deforman, lo convierten en dogma y fomentan líneas políticas distintas a los intereses de la clase obrera y los pueblos, de forma muy peligrosa e inaceptable.
Nos referimos a la cuestión de asociar lo que es el imperialismo exclusivamente a EEUU, de lo cual derivan otros problemas ideológicos y gravísimos errores de estrategia. Esto no tiene nada que ver en absoluto con el desarrollo del marxismo que hace Lenin partiendo de analizar el paso del capitalismo de la libre concurrencia al capitalismo de los monopolios, donde se fundamenta una fase nueva para el conjunto del modo de producción capitalista, la fase del imperialismo, con sus características, fase no para un país o grupo de países, sino para todo el sistema capitalista. Imperialismo para el marxismo-leninismo no es designar nuevos imperios, una nueva clasificación de naciones poderosas, o la asignación de ese rol a alguna en particular, sino señalar como el capitalismo en todos los países cambió a convertirse en capitalismo de los monopolios.
El capitalismo tiene un desarrollo desigual [1], pero ya no se basa en la libre competencia, pues la concentración y centralización han llevado al monopolio y este es un rasgo general que tiene ya más de un siglo en curso, en el que además nada permanece estático, hay movimientos constantes. Para ponerlo en claro la teoría marxista-leninista del imperialismo no busca describir una situación geopolítica, con centros dominantes y periferias dependientes y oprimidas, sino explicar la fase superior y última del capitalismo, del conjunto del modo de producción capitalista.
Un conjunto de economistas y teóricos de la pequeñaburguesía han planteado que el asunto del imperialismo es centro/periferia, norte/sur, y hacen de la dependencia un valor absoluto inmodificable; ello se fue filtrando en algunos sectores del movimiento comunista que paulatinamente vienen sustituyendo al marxismo-leninismo y asumiendo posiciones acientíficas, lo cual es notable en sus publicaciones teóricas, su política de ediciones y los materiales de formación de sus cuadros, en su estrategia, táctica y acción política. En lugar del análisis de cada país capitalista dentro del sistema imperialista, de los movimientos constantes donde unos mejoran su posición en detrimento de otros –lo que aumenta los antagonismos interimperialistas-, repiten incesantemente las formulaciones simplonas de un país superpoderoso, de un imperio, alejándose así del criterio de clase para superponer el criterio de la cuestión nacional y del interclasismo, y así el antiimperialismo entendido como la lucha contra el capitalismo contemporáneo, iniciando por la lucha contra el capitalismo en cada país queda recluido al antinorteamericanismo, excluyendo otros eslabones del sistema.
EEUU en el sistema imperialista es prácticamente desde la conclusión de la Segunda Guerra Mundial el país que ocupa la posición dominante [2], y sus políticas de agresión y guerra, que se han acrecentado, no las desestimamos, las tenemos muy en cuenta, las denunciamos y nos oponemos a ellas [3], pero sería un error absoluto el blanqueamiento de su principal rival, que es la economía China, que se basa en los monopolios y el estado burgués, y considerar que el bloque de países capitalistas que encabeza puede ser un aliado de los trabajadores y los pueblos. El lugar dominante de EEUU viene siendo cuestionado en el último cuarto de siglo por el ascenso de China, y según distintos análisis de continuar un desarrollo pacífico de la situación mundial, estaría en la víspera de desplazarlo de esa posición
De un error surge otro: el antiimperialismo como antinorteamericanismo conlleva a la línea estratégica de alianzas con Estados capitalistas, fuerzas burguesas, gobiernos y partidos socialdemócratas, el apoyo a proyectos y alianzas de Estados capitalistas distintos o antagónicos al centro imperialista norteamericano. Así en los últimos 15 años se promociona la “multipolaridad” como disyuntiva a la “unipolaridad”, es decir la dominación de EEUU en el sistema imperialista, aunque la “multipolaridad” no sería una ruptura con el imperialismo, sino su continuidad estableciendo a otro Estado capitalista en la posición dominante. Hace años lo expresamos: no se trata de un choque entre dos mundos, el mundo caduco del capitalismo versus el mundo nuevo del socialismo, sino del choque interimperialista de dos bloques de países capitalistas. El propio proyecto de la “multipolaridad” es una alianza, los BRICS, de países capitalistas emergentes, y analizado cada uno de sus integrantes encontramos que son Estados capitalistas, todos ellos entre las principales economías del imperialismo, parte del G-20 y de otras alianzas interestatales capitalistas.
La “multipolaridad” con sus posicionamientos de corrección del caduco capitalismo (bancos alternativos, nuevos sistemas financieros, fin del dólar y sustitución por una nueva moneda, nuevas alianzas económicas, políticas, militares, etc) es considerada una tendencia antiimperialista por partes considerables del movimiento comunista internacional que incluso han pisoteado el principio del internacionalismo proletario al apoyar la guerra imperialista entre Rusia y Ucrania, pero insistimos, cada uno de sus componentes es una economía capitalista donde rige la explotación del trabajo asalariado, la apropiación privada de la riqueza socialmente producida, florecen los monopolios, la exportación de capitales y los intereses de la acumulación, la tendencia a la guerra.
Las corrientes oportunistas argumentan algo más, es decir que además de ser un frente antiimperialista, la participación de Rusia y China son una garantía a favor de los pueblos. El burdo montaje de la clase dominante en Rusia para apropiarse de la herencia de la construcción socialista y sus victorias solo sorprende a párvulos que ven escenificaciones en la Plaza Roja de desfiles del Ejército Rojo, diseñados por aquellos que contribuyeron al derrocamiento temporal de la URSS y el socialismo en 1991, donde Putin y otros colaboraron abiertamente con Yeltsin, más eso no es a lo que queremos referirnos, sino al lugar de Rusia, si expresa una posición a favor de los trabajadores y pueblos o representa estrictamente el interés de sus monopolios. Nos parece que no hay nadie que niegue su carácter capitalista [4], pero se vuelve al punto que hay países capitalistas que no estarían en la fase superior y última, que no formarían parte del sistema imperialista y que serían “antiimperialistas”. Al plantear la posibilidad de que países capitalistas sean aliados, de que unas burguesías sean aliadas frente a otras, se absuelve en general al capitalismo aunque en particular se enfrente a algunas formas de gestionarlo; en el caso de los comunistas tal política no es solo un grave error, sino la abjuración de principios cardinales que no son negociables, una tragedia, como lo que sucede en los actuales conflictos interimperialistas, con la alineación de partidos comunistas apoyando a uno de los lados del imperialismo, el de la “multipolaridad”, atacando huelgas y luchas proletarias y exigiendo su cancelación, por ejemplo en Kazajstán, para no perjudicar la “iniciativa multipolar antiimperialista de la franja y la ruta”; una decadencia que solo tiene semejanza con la descomposición de la II Internacional.