Las crisis en el capitalismo son manifestaciones inevitables de sus contradicciones internas. La producción socializada choca constantemente con la apropiación privada de los frutos del trabajo, generando periódicamente crisis de sobreproducción y sobreacumulación, destrucción de fuerzas productivas, paro masivo y pauperización de amplias capas de la población. Bajo el imperialismo, las crisis adquieren una dimensión aún mayor, pues se combinan con la extrema concentración y centralización del capital y la agudización de la competencia a escala mundial, entre otros factores.
En cada crisis, millones de trabajadores pierden el empleo o ven empeorar sus condiciones de vida y trabajo. Pequeños comerciantes, campesinos y profesionales autónomos son arruinados por la presión de los monopolios. Sectores de la pequeña burguesía se proletarizan o viven bajo la amenaza constante del proletarizarse. Este proceso genera frustración, inseguridad y miedo al futuro, creando un terreno fértil para la penetración de ideologías reaccionarias.
Los sectores intermedios ocupan una posición contradictoria. No forman parte de la burguesía monopolista, pero tampoco se identifican automáticamente con el proletariado. En períodos de estabilidad relativa, pueden oscilar entre posiciones reformistas y conservadoras. Sin embargo, en épocas de crisis profunda, su inestabilidad social se traduce en inestabilidad política e ideológica. Buscan salidas rápidas, soluciones que prometan orden, protección y recuperación de una posición perdida o amenazada.
Es precisamente en este contexto donde el nacionalismo y el chovinismo encuentran un terreno particularmente receptivo.
El nacionalismo no puede analizarse como una ideología abstracta, desligada de las relaciones de producción y de los intereses de clase que expresa. Bajo el capitalismo, toda forma dominante de nacionalismo está, en última instancia, vinculada a las necesidades de la burguesía. En la fase imperialista de desarrollo capitalista el nacionalismo adquiere un carácter cada vez más reaccionario y agresivo.
El nacionalismo presenta a la nación como una comunidad armónica de intereses, borrando las divisiones de clase en su interior. Bajo esta óptica, obreros y capitalistas aparecen como miembros de un mismo cuerpo nacional, unidos por la historia, la cultura, la lengua o la religión. Este planteamiento cumple una función ideológica concreta: sustituir la conciencia de clase por una conciencia nacional abstracta, que diluye la contradicción fundamental entre capital y trabajo en nombre del “interés nacional”.
El chovinismo constituye una forma particularmente agresiva del nacionalismo. No se limita a exaltar lo propio, sino que denigra a otros pueblos, culturas o Estados, presentándolos como inferiores, amenazas o enemigos. Esta ideología es funcional a la política exterior de las potencias imperialistas, pues justifica intervenciones, sanciones, bloqueos económicos y guerras abiertas bajo la cobertura de la defensa de la patria, la seguridad nacional o incluso de supuestos valores universales.
Estas ideologías reaccionarias ofrecen explicaciones simples a problemas complejos. Distorsionan la realidad y protegen al capital monopolista y a las leyes del desarrollo capitalista que son responsables de la ruina de millones, desvían la atención hacia enemigos externos o internos: otros países, organismos internacionales, migrantes, minorías culturales o religiosas. La crisis deja de aparecer como producto de un sistema que ha superado sus límites históricos y pasa a ser presentada como consecuencia del juego de intereses extranjeros, de la existencia de malos gestores o de la pérdida de la soberanía.
La burguesía monopolista fomenta estas interpretaciones y las canaliza cuando le resultan funcionales. Aunque determinados sectores del gran capital se beneficien de la creciente interdependencia económica mundial, todos comparten el interés en impedir que la rabia y la frustración de la mayoría obrera y popular se dirija contra la propiedad capitalista y el poder de los monopolios. El nacionalismo cumple así una función de desvío ideológico: transforma la lucha potencial contra la explotación en resentimiento nacional, cultural o étnico.
Por otra parte, la crisis debilita las formas tradicionales de mediación social que durante décadas contribuyeron a integrar a sectores de la clase obrera en el sistema: empleo relativamente estable, ascenso social limitado, acceso a vivienda y consumo. Al erosionarse estas bases materiales, también se resquebrajan las ilusiones en el progreso social dentro del capitalismo. Sin embargo, si la clase obrera no cuenta con organizaciones fuertes y con una orientación política revolucionaria clara, el descontento puede ser capturado por fuerzas reaccionarias que ofrecen una falsa comunidad nacional como sustituto de la solidaridad de clase.
En este proceso, el racismo y la xenofobia desempeñan un papel económico concreto. Los trabajadores inmigrantes, a menudo concentrados en los sectores más precarizados, son utilizados como mano de obra barata y flexible. La burguesía se beneficia de esta situación, pero al mismo tiempo apoya —y a menudo promueve— posiciones que presentan a esos mismos trabajadores como culpables del desempleo o de la bajada de salarios. Así, se logra una doble ventaja: se intensifica la explotación y se divide al proletariado, debilitando su capacidad de lucha conjunta.
Sectores de la pequeña burguesía en proceso de proletarización, por su parte, puede convertirse en base social de movimientos ultranacionalistas que prometen restaurar un orden perdido, proteger el mercado interno y castigar a supuestos responsables de la “decadencia nacional”. Históricamente, este sector han sido un componente fundamental en el ascenso de movimientos fascistas y autoritarios. En la actualidad, aunque las formas varían, la función social de estas corrientes sigue siendo similar: actuar como fuerza de choque ideológica y política contra el movimiento obrero organizado.
El nacionalismo también cumple una función disciplinaria en relación con la guerra. Cuando se intensifican las tensiones interimperialistas, la burguesía necesita que el pueblo acepte sacrificios económicos, recortes sociales y, en última instancia, la posibilidad de enviar a sus hijos a la guerra. El discurso de la defensa de la patria, del honor nacional o de la amenaza exterior prepara ideológicamente a las masas para asumir estos costes en nombre de un interés supuestamente común.
Para nosotros, combatir el nacionalismo no significa negar la existencia de las naciones ni las particularidades culturales de los pueblos. Significa desenmascarar el uso que la clase burguesa hace de esos elementos para perpetuar su poder.