El auge de corrientes nacionalistas y chovinistas y la tendencia de los sistemas políticos hacia la reacción


Ástor García, Secretario General del PCTE

Introducción

El desarrollo histórico del capitalismo en su fase imperialista confirma continuamente la tesis leninista que afirma que, cuando el dominio de los monopolios se profundiza y las contradicciones del sistema capitalista se agudizan, la burguesía abandona progresivamente sus propias formas “democráticas” de dominación y se inclina hacia métodos cada vez más reaccionarios, autoritarios y violentos. Este proceso responde a las necesidades objetivas de mantenimiento del poder de clase en un contexto de crisis, competencia interimperialista y ascenso potencial de la lucha obrera.

Asistimos a un resurgir de corrientes nacionalistas, chovinistas, racistas y abiertamente reaccionarias. Este resurgimiento es expresión de la agudización de las contradicciones del capitalismo contemporáneo y está estrechamente ligado a las actuales guerras y a la preparación de nuevas confrontaciones imperialistas. La burguesía de cada país necesita cohesionar a “su” clase obrera tras sus propios intereses, para lo que utiliza todo tipo de herramientas: el nacionalismo, el odio al extranjero, el militarismo y el anticomunismo.

Ocurre también que los sistemas políticos de los Estados capitalistas —incluidos aquellos que durante décadas se presentaron como modelos de “democracia liberal”— muestran una clara tendencia a incrementar el ataque contra los derechos obreros y populares, al reforzamiento de aparatos represivos, a la vigilancia masiva y a la criminalización de la lucha social. La reacción avanza no sólo a través de partidos cada vez más reaccionarios, sino también mediante la adaptación del conjunto del sistema político a las necesidades del capital monopolista en tiempos de gran inestabilidad y de intensificación de los esfuerzos para fortalecer su papel en las rivalidades imperialistas.

1. Imperialismo y reacción

Transcurridas más de tres décadas desde el triunfo de la contrarrevolución en la URSS y la proclamación por los teóricos burgueses del "fin de la historia", la realidad ha demostrado la falsedad de toda ilusión acerca de un posible capitalismo mundial pacífico y democrático. La muy repetida expresión del "orden internacional basado en reglas" evocaba un modelo concreto de relación entre potencias que, hoy, está destruido. La tesis de Lenin sobre el imperialismo como fase superior del capitalismo, caracterizada por la tendencia a la reacción en toda la línea y la inevitabilidad de las guerras por el reparto de mercados, materias primas y rutas de transporte, cobra una vigencia especial en nuestra época.

Esta tendencia a la reacción no debe entenderse únicamente como el surgimiento de dictaduras abiertas, aunque no se excluyen, sino como un proceso de endurecimiento del poder burgués que incluye la restricción planificada de derechos obreros y populares, el debilitamiento de mecanismos de control democrático, el crecimiento de los aparatos represivos o la criminalización sistemática de la lucha obrera y popular.

Esta tendencia tiene una base material clara. Por un lado, la búsqueda del máximo beneficio y la concentración del capital generan desigualdades crecientes y crisis económicas más violentas, que agravan la situación y que empujan a amplios sectores de la clase obrera y de las capas medias a la lucha. Por otro, la disputa entre potencias y alianzas imperialistas por el nuevo reparto del mundo hace que la estabilidad internacional sea cada vez más precaria. En estas condiciones, la burguesía necesita asegurar la “retaguardia” interna, y lo hace disciplinando a su propio pueblo, poniendo obstáculos a la lucha de clases, garantizando una relativa paz social y evitando que la lucha de clases obstaculice sus planes en el terreno internacional.

La reacción cumple, por tanto, una doble función. Internamente, busca contener, dividir y desorganizar al movimiento obrero, limitar su capacidad de acción y dificultar su desarrollo político independiente. Externamente, prepara a la sociedad para aceptar la política exterior agresiva de su propia burguesía, incluidas guerras, sanciones, bloqueos y carreras armamentísticas. Ambas dimensiones están profundamente entrelazadas: la preparación de la guerra exige cohesión interna bajo la dirección de la clase dominante, y esta cohesión se impone mediante mecanismos cada vez más autoritarios.

Es importante subrayar que esta evolución no depende exclusivamente de la llegada al gobierno de fuerzas abiertamente reaccionarias. Bajo gobiernos que se presentan como democráticos o progresistas, el Estado conserva su carácter de clase. Cuando las circunstancias lo requieren, esos mismos gobiernos aplican sin problema políticas de excepción, refuerzan la represión contra el movimiento obrero o limitan derechos y conquistas sociales de nuestra clase.

Asimismo, la reacción no es un “retroceso” a formas políticas premodernas, sino una adaptación moderna del poder burgués. Se apoya en tecnologías avanzadas de vigilancia, en sofisticados aparatos de propaganda y en marcos jurídicos complejos que otorgan apariencia de legalidad a medidas profundamente antiobreras y antipopulares. De este modo, la dominación se vuelve más técnica, más burocrática y, a menudo, más difícil de identificar como dictatorial en el sentido clásico, pero no por ello menos efectiva.

Comprender todo lo anterior es esencial para evitar ilusiones en una supuesta estabilidad permanente de la democracia burguesa. Las libertades formales pueden ampliarse o reducirse según las necesidades del capital en cada momento. Cuando las contradicciones se agudizan y se acerca el peligro de guerra, o más cuando se implica más profundamente en la guerra, la burguesía recurre a formas más abiertas y duras de ejercicio de su poder. De ahí que la lucha contra el fenómeno reaccionario no deba limitarse a la defensa abstracta de la democracia, sino que debe dirigirse contra las raíces económicas que lo generan: el dominio del capital monopolista y el sistema imperialista en su conjunto.

2. Nacionalismo y chovinismo como instrumentos de la burguesía

Las crisis en el capitalismo son manifestaciones inevitables de sus contradicciones internas. La producción socializada choca constantemente con la apropiación privada de los frutos del trabajo, generando periódicamente crisis de sobreproducción y sobreacumulación, destrucción de fuerzas productivas, paro masivo y pauperización de amplias capas de la población. Bajo el imperialismo, las crisis adquieren una dimensión aún mayor, pues se combinan con la extrema concentración y centralización del capital y la agudización de la competencia a escala mundial, entre otros factores.

En cada crisis, millones de trabajadores pierden el empleo o ven empeorar sus condiciones de vida y trabajo. Pequeños comerciantes, campesinos y profesionales autónomos son arruinados por la presión de los monopolios. Sectores de la pequeña burguesía se proletarizan o viven bajo la amenaza constante del proletarizarse. Este proceso genera frustración, inseguridad y miedo al futuro, creando un terreno fértil para la penetración de ideologías reaccionarias.

Los sectores intermedios ocupan una posición contradictoria. No forman parte de la burguesía monopolista, pero tampoco se identifican automáticamente con el proletariado. En períodos de estabilidad relativa, pueden oscilar entre posiciones reformistas y conservadoras. Sin embargo, en épocas de crisis profunda, su inestabilidad social se traduce en inestabilidad política e ideológica. Buscan salidas rápidas, soluciones que prometan orden, protección y recuperación de una posición perdida o amenazada.

Es precisamente en este contexto donde el nacionalismo y el chovinismo encuentran un terreno particularmente receptivo.

El nacionalismo no puede analizarse como una ideología abstracta, desligada de las relaciones de producción y de los intereses de clase que expresa. Bajo el capitalismo, toda forma dominante de nacionalismo está, en última instancia, vinculada a las necesidades de la burguesía. En la fase imperialista de desarrollo capitalista el nacionalismo adquiere un carácter cada vez más reaccionario y agresivo.

El nacionalismo presenta a la nación como una comunidad armónica de intereses, borrando las divisiones de clase en su interior. Bajo esta óptica, obreros y capitalistas aparecen como miembros de un mismo cuerpo nacional, unidos por la historia, la cultura, la lengua o la religión. Este planteamiento cumple una función ideológica concreta: sustituir la conciencia de clase por una conciencia nacional abstracta, que diluye la contradicción fundamental entre capital y trabajo en nombre del “interés nacional”.

El chovinismo constituye una forma particularmente agresiva del nacionalismo. No se limita a exaltar lo propio, sino que denigra a otros pueblos, culturas o Estados, presentándolos como inferiores, amenazas o enemigos. Esta ideología es funcional a la política exterior de las potencias imperialistas, pues justifica intervenciones, sanciones, bloqueos económicos y guerras abiertas bajo la cobertura de la defensa de la patria, la seguridad nacional o incluso de supuestos valores universales.

Estas ideologías reaccionarias ofrecen explicaciones simples a problemas complejos. Distorsionan la realidad y protegen al capital monopolista y a las leyes del desarrollo capitalista que son responsables de la ruina de millones, desvían la atención hacia enemigos externos o internos: otros países, organismos internacionales, migrantes, minorías culturales o religiosas. La crisis deja de aparecer como producto de un sistema que ha superado sus límites históricos y pasa a ser presentada como consecuencia del juego de intereses extranjeros, de la existencia de malos gestores o de la pérdida de la soberanía.

La burguesía monopolista fomenta estas interpretaciones y las canaliza cuando le resultan funcionales. Aunque determinados sectores del gran capital se beneficien de la creciente interdependencia económica mundial, todos comparten el interés en impedir que la rabia y la frustración de la mayoría obrera y popular se dirija contra la propiedad capitalista y el poder de los monopolios. El nacionalismo cumple así una función de desvío ideológico: transforma la lucha potencial contra la explotación en resentimiento nacional, cultural o étnico.

Por otra parte, la crisis debilita las formas tradicionales de mediación social que durante décadas contribuyeron a integrar a sectores de la clase obrera en el sistema: empleo relativamente estable, ascenso social limitado, acceso a vivienda y consumo. Al erosionarse estas bases materiales, también se resquebrajan las ilusiones en el progreso social dentro del capitalismo. Sin embargo, si la clase obrera no cuenta con organizaciones fuertes y con una orientación política revolucionaria clara, el descontento puede ser capturado por fuerzas reaccionarias que ofrecen una falsa comunidad nacional como sustituto de la solidaridad de clase.

En este proceso, el racismo y la xenofobia desempeñan un papel económico concreto. Los trabajadores inmigrantes, a menudo concentrados en los sectores más precarizados, son utilizados como mano de obra barata y flexible. La burguesía se beneficia de esta situación, pero al mismo tiempo apoya —y a menudo promueve— posiciones que presentan a esos mismos trabajadores como culpables del desempleo o de la bajada de salarios. Así, se logra una doble ventaja: se intensifica la explotación y se divide al proletariado, debilitando su capacidad de lucha conjunta.

Sectores de la pequeña burguesía en proceso de proletarización, por su parte, puede convertirse en base social de movimientos ultranacionalistas que prometen restaurar un orden perdido, proteger el mercado interno y castigar a supuestos responsables de la “decadencia nacional”. Históricamente, este sector han sido un componente fundamental en el ascenso de movimientos fascistas y autoritarios. En la actualidad, aunque las formas varían, la función social de estas corrientes sigue siendo similar: actuar como fuerza de choque ideológica y política contra el movimiento obrero organizado.

El nacionalismo también cumple una función disciplinaria en relación con la guerra. Cuando se intensifican las tensiones interimperialistas, la burguesía necesita que el pueblo acepte sacrificios económicos, recortes sociales y, en última instancia, la posibilidad de enviar a sus hijos a la guerra. El discurso de la defensa de la patria, del honor nacional o de la amenaza exterior prepara ideológicamente a las masas para asumir estos costes en nombre de un interés supuestamente común.

Para nosotros, combatir el nacionalismo no significa negar la existencia de las naciones ni las particularidades culturales de los pueblos. Significa desenmascarar el uso que la clase burguesa hace de esos elementos para perpetuar su poder.

3. La preparación ideológica de la guerra imperialista

Las guerras imperialistas no estallan de manera súbita ni exclusivamente por decisiones diplomáticas o movimientos militares. Van precedidas de un prolongado proceso de preparación material, política e ideológica. Así como los Estados reorganizan su industria, refuerzan sus alianzas militares y modernizan sus ejércitos, también trabajan sistemáticamente sobre la conciencia de las masas para hacer aceptable lo que, en condiciones normales, encontraría una resistencia mucho mayor: la participación en conflictos que no responden a los intereses de la clase obrera.

La historia del siglo XX muestra con claridad cómo el auge del nacionalismo agresivo precedió a las grandes conflagraciones imperialistas. Antes de 1914 y antes de 1939, las clases dominantes desarrollaron intensas campañas chovinistas para asegurar el apoyo o, al menos, la pasividad de sus poblaciones.

Esta preparación ideológica es una dimensión inseparable de la confrontación interimperialista. Las potencias no sólo compiten por mercados, materias primas y rutas estratégicas. También lo hacen por legitimar ante sus propias poblaciones la necesidad de esa competencia, incluso cuando adopta la forma de guerra abierta. El nacionalismo y el chovinismo son herramientas centrales en este proceso, pero no las únicas.

Uno de los mecanismos utilizados es la construcción sistemática de un enemigo. A través de los medios de comunicación y de la propaganda multifacética se va configurando la imagen de otros Estados, pueblos o grupos sociales como amenazas. Sus acciones se interpretan siempre en clave de agresión, mientras que las propias son siempre defensivas o inevitables. Esta táctica sirve para distraer la atención de los problemas internos y para generar miedo e inseguridad, así como para favorecer la cohesión nacional en torno a la dirección política y militar del Estado.

Precisamente, otro elemento central es la naturalización del militarismo. La presencia de las fuerzas armadas en la vida pública se vuelve cada vez más habitual: desfiles, homenajes, campañas publicitarias que presentan al ejército como garante de la paz y proveedor de ayuda humanitaria. La industria militar se muestra como sector estratégico para el empleo y la innovación, ocultándose sus fines últimos. El aumento del gasto militar se justifica como inversión necesaria en seguridad, mientras se recortan partidas sociales.

En el plano interno, esta preparación se traduce en la estigmatización de quienes se oponen a la política exterior del propio Estado. Las posiciones internacionalistas y antimilitaristas, coherentemente antiimperialistas, son presentadas como ingenuas, ridículas, irresponsables o incluso, llegado el caso, traidoras. Se establece una presión social y se refuerza la propaganda de los medios de comunicación burgueses que busca aislar a las fuerzas que denuncian el carácter imperialista de los conflictos. En situaciones de mayor tensión, esta presión puede transformarse en persecución legal, censura o represión abierta.

Todo este proceso se intensifica a medida que se profundizan las contradicciones interimperialistas. Las disputas económicas y geopolíticas se traducen en guerras comerciales, sanciones, bloqueos y conflictos regionales que sirven como ensayo general para enfrentamientos mayores. Cada crisis internacional se utiliza como oportunidad para reforzar el discurso de la amenaza permanente y la necesidad de preparación constante.

Esta preparación ideológica tiene consecuencias directas para la clase obrera. No sólo se le pide que acepte recortes y sacrificios en nombre de la economía de guerra y de la seguridad nacional, sino que en última instancia puede ser llamada a participar directamente en la guerra, ya sea como soldados en el matadero de la guerra imperialista o como fuerza de trabajo sometida a la intensificación de la explotación y a regímenes de excepción con una escalada de la represión. Sin embargo, sus intereses objetivos no coinciden con los de la burguesía de ningún país en estas contiendas.

La respuesta a esta ofensiva ideológica ha de basarse en la defensa de la unidad de la clase obrera y en la defensa de la paz real, por los intereses de los pueblos y evitando caer en las posturas claudicantes del pacifismo burgués, trabajando decisivamente para que las masas hagan suya la posición básica de que sólo una salida revolucionaria dará la respuesta final a la guerra imperialista.

4. El error de subordinar la lucha de clases a otros proyectos

En períodos de ascenso de fuerzas reaccionarias y de endurecimiento general del sistema político, reaparece con fuerza una vieja consigna: la necesidad de la “unidad” para frenar a la extrema derecha, defender la democracia o preservar la estabilidad institucional. Bajo distintas formulaciones —“frente antifascista”, “frente popular”, “bloque progresista”, “cordón sanitario”— se plantea la colaboración política entre organizaciones obreras y sectores de la burguesía supuestamente comprometidos con el orden democrático. Esta orientación implica un grave error estratégico: subordinar la lucha de clases a los intereses de una fracción de la clase dominante y, en la práctica, del conjunto de los explotadores.

El punto de partida de esta concepción es la idea de que existe una parte de la burguesía con la que la clase obrera puede compartir objetivos estratégicos duraderos frente a otra parte más reaccionaria. Se establece así una división entre una burguesía “democrática” o “antifascista” y otra “autoritaria” o “fascista”, presentando a la primera como aliada potencial del movimiento obrero. Este enfoque oculta la unidad fundamental de la burguesía como clase explotadora y su interés común en mantener la propiedad privada de los medios de producción y el poder del capital.

Las diferencias entre fracciones burguesas existen, pero tienen que ver con ritmos de reforma, orientación geopolítica o formas de defensa de la explotación capitalista, no con el carácter de clase del Estado burgués. En momentos de estabilidad, ciertas fracciones pueden preferir observar cierta postura “democrática” u ofrecer concesiones limitadas al movimiento obrero para asegurar la paz social y desarmarlo. Pero es un hecho contrastable históricamente que, cuando la crisis se agudiza y la lucha de clases amenaza con desbordar los marcos establecidos, incluso esas fracciones “moderadas” no dudan en recurrir a medidas autoritarias, recortes de derechos y represión.

Subordinar la política de la clase obrera a la “defensa de la democracia” bajo dirección burguesa conduce, en la práctica, a desarmar ideológicamente al proletariado. Se le pide que posponga sus reivindicaciones, que modere sus luchas o que apoye a gobiernos que aplican políticas antiobreras en nombre de un mal menor. La contradicción principal deja de situarse entre capital y trabajo para trasladarse hacia una oposición abstracta entre democracia y autoritarismo que no cuestiona el marco capitalista. La clase obrera es invitada a verse ante todo como ciudadanía, como pueblo o como nación, no como clase explotada con intereses objetivos propios y antagónicos a los de la burguesía.

Este planteamiento tiene consecuencias especialmente graves en el terreno internacional. En nombre de la defensa de la democracia frente a amenazas externas, se justifica la integración en bloques militares, el aumento del gasto en armamento o la participación en injerencias imperialistas. Así, la clase obrera es llamada a cerrar filas con “su” burguesía no sólo en el plano interno, sino también en el plano internacional, rompiendo la solidaridad con el proletariado de otros países que sufre las consecuencias de esas políticas.

La experiencia histórica del movimiento comunista muestra que, cada vez que se ha abandonado la independencia política en favor de alianzas estratégicas con la burguesía, el resultado ha sido el fortalecimiento del oportunismo y el debilitamiento o liquidación de la estrategia revolucionaria.

No obstante, nada de lo dicho hasta ahora implica adoptar una actitud indiferente ante el avance de las fuerzas reaccionarias. Implica que hay que combatirlas desde una posición independiente de clase, vinculando la defensa de los derechos obreros y populares a la lucha contra el sistema que engendra a esas fuerzas. La clase obrera tiene interés en defender y ampliar sus derechos democráticos, pero no en preservar el poder de la burguesía que, en última instancia, está dispuesta a recortarlos cuando lo considere necesario.

5. El falso “nacionalismo progresista”

Con el crecimiento de las contradicciones interimperialistas y del descrédito de las formas tradicionales de gestión burguesa, han ganado espacio diversas corrientes que se presentan como alternativas “progresistas” al orden dominante, pero que sitúan su eje principal en la recuperación de la soberanía nacional. Estas posiciones, que a menudo se autodenominan soberanistas, patrióticas o defensoras de la economía nacional, critican ciertas consecuencias de la extensión de las relaciones capitalistas de producción a todo el mundo —deslocalizaciones, precariedad, pérdida de tejido productivo—, pero sin plantear una ruptura con la base económica capitalista.

El punto de partida de estas corrientes que giran en torno a la socialdemocracia e influyen en el movimiento comunista es la idea de que el problema central no es el capitalismo como modo de producción, sino su forma “desregulada”, “globalista”, “neoliberal” o “unipolar”. Se contrapone a este capitalismo una supuesta vía de desarrollo nacional más equilibrada, con mayor intervención del Estado, protección de sectores estratégicos y políticas sociales redistributivas.

Este enfoque desplaza la contradicción principal del terreno de clase al terreno nacional. En lugar de oponer trabajadores y capitalistas, opone nación y potencias extranjeras, pueblo y élites globales, economía nacional y capital foráneo. Aunque pueda incorporar un lenguaje más próximo a los comunistas, su horizonte no es la superación del capitalismo, sino su reorganización dentro de fronteras nacionales. De este modo, se fomenta la ilusión de que es posible un capitalismo “patriótico” que armonice los intereses de las clases bajo la dirección de un Estado fuerte.

En la práctica, estas propuestas tienden a reforzar la idea de comunidad de intereses entre trabajadores y empresarios nacionales. Se habla de “defender nuestras empresas”, “proteger nuestra industria” o “competir como país” en el mercado mundial. Pero “nuestras” empresas siguen siendo empresas capitalistas, que basan su rentabilidad en la explotación del trabajo asalariado. En situaciones de crisis o de agravamiento de la competencia internacional, exigirán igualmente recortes de salarios, flexibilización laboral y ayudas públicas. Mientras se mantenga intacta la propiedad privada de los medios de producción y la lógica de la acumulación de ganancias, el Estado seguirá actuando como garante de los intereses de “su” burguesía.

Por otra parte, en un mundo dominado por grandes alianzas imperialistas y cadenas de valor internacionalizadas, ningún capitalismo nacional puede sustraerse a las presiones de la competencia internacional. Las políticas proteccionistas o de reindustrialización pueden modificar ciertos equilibrios, pero no eliminan la necesidad de competir por mercados, inversiones, materias primas o rutas de transporte. Así, el “soberanismo” puede desembocar fácilmente en políticas de rivalidad económica y geopolítica con otros Estados, alimentando las mismas tensiones que están en la base de los conflictos imperialistas.

Este tipo de corrientes pueden desorientar a sectores de la clase obrera que perciben los efectos destructivos de la internacionalización del capital. Ofrecen un diagnóstico parcial —la pérdida de soberanía económica, la subordinación a instituciones interestatales burguesas, la desindustrialización— pero una solución que no ataca la raíz del problema: la propiedad privada de los grandes medios de producción y la integración de cada economía nacional en el sistema imperialista.

En este marco, el internacionalismo proletario es relegado o reinterpretado. La solidaridad y la lucha común entre trabajadores de distintos países es sustituida por la prioridad de defender el empleo y la producción “propios”, aunque sea en competencia con trabajadores de otras naciones. Se refuerza así la fragmentación de la clase obrera a escala mundial, dificultando la construcción de respuestas comunes frente a los monopolios y los bloques imperialistas.

Otra limitación fundamental de estas propuestas es su confianza en el Estado burgués como instrumento neutral que podría ser utilizado en beneficio de la mayoría. Olvidan o niegan que el Estado en el capitalismo no es un árbitro por encima de las clases, sino un aparato de dominación de la burguesía. Incluso cuando adopta medidas de regulación o intervención, lo hace para garantizar la reproducción del sistema de explotación en su conjunto. Pensar que este Estado puede transformarse gradualmente en un instrumento de emancipación sin ruptura revolucionaria conduce a callejones sin salida reformistas.

En períodos de agudización de la crisis y de tensiones internacionales, el llamado “soberanismo” puede, además, deslizarse hacia posiciones abiertamente chovinistas. La defensa de la soberanía sin criterios de clase puede convertirse en hostilidad hacia otros pueblos, justificación de políticas de cierre de fronteras o apoyo a disputas geopolíticas presentadas como defensa de los intereses nacionales.

6. La cuestión del fascismo

El crecimiento del nacionalismo y del chovinismo, el crecimiento de la reacción en general puede desembocar en el fascismo, pero no toda posición nacionalista, chovinista o reaccionaria es per se, fascista. Las definiciones cerradas hacen que nada o todo sea fascismo. De hecho, la penetración de masas, no se da sólo mediante el nacionalismo o la apelación a la raza, la patria o la religión, también se da mediante la promoción del individualismo.

El fascismo, entendido como una forma de poder del capital monopolista en condiciones de crisis aguda y amenaza para su dominación, necesita movilizar a masas descontentas fuera de un eje de clase. No puede presentarse abiertamente como la dictadura de los grandes capitales. Debe construirse como un movimiento de masas con un discurso que aparente ser antielitista, nacional, regenerador y dirigido contra enemigos internos y externos.

El nacionalismo y el chovinismo, de manera particular, proporcionan el marco ideológico idóneo para esta operación.

En primer lugar, el nacionalismo extremo aboga por disolver las contradicciones de clase dentro de una supuesta comunidad nacional homogénea. Bajo la bandera, las diferencias entre explotadores y explotados se presentan como secundarias frente a la necesidad de defender la nación. Esta ficción es fundamental para el fascismo, que busca integrar políticamente a sectores de la pequeña burguesía proletarizada y a sectores desorientados de la clase obrera en un proyecto que, en última instancia, sirve a los intereses del gran capital.

El chovinismo añade a este esquema un componente agresivo y excluyente. La nación no sólo es exaltada, sino que se define en oposición a enemigos que la amenazan desde fuera o desde dentro. Minorías nacionales, migrantes, opositores políticos, organizaciones obreras y comunistas son señalados como cuerpos extraños, traidores o agentes de potencias extranjeras. De este modo, se legitima su marginación, persecución y, en última instancia, su eliminación de la vida política y social.

Históricamente, el fascismo ha servido, en circunstancias concretas, para desviar el descontento social generado por la crisis capitalista y ha sido la herramienta del capital monopolista para impedir y bloquear el empuje del movimiento obrero revolucionario. Sin subestimar el papel del fascismo como reserva de la dictadura de los monopolios, en la actualidad, las condiciones no son tales, las circunstancias que dieron lugar al fascismo clásico no están presentes en estos momentos.

Por supuesto, es necesario realizar un análisis concreto en cada país. En cualquier caso, no absolutizamos el hecho de que actualmente el proletariado internacional aún no cuenta con las condiciones adecuadas de organización política y dirección revolucionaria para constituir una amenaza existencial para los capitalistas.

La crisis del movimiento comunista internacional aún no se ha superado pero, en cualquier caso, los comunistas que trabajamos por el reagrupamiento revolucionario del movimiento comunista tenemos en cuenta que los callejones sin salida del sistema y la guerra imperialista pueden conducir a una intensificación de la lucha de clases, y estamos llamados a estar preparados y a preparar a la clase obrera para cualquier acontecimiento, teniendo como dirección principal el derrocamiento revolucionario.

El movimiento obrero revolucionario tiene el potencial que le brinda la propia realidad del desarrollo capitalista. Independientemente de los discursos, de la propaganda y de la violencia que se ejerza, la explotación capitalista no desaparece y, por ello, se mantienen las condiciones objetivas que pueden dar lugar a una crisis revolucionaria. La burguesía, en este sentido, ha aprendido bien las lecciones históricas y es consciente de que el proletariado es su enemigo principal, existencial, y trabaja activamente para impedir su organización y la lucha de clases, para asimilarlo. El recurso al fascismo abierto no es todavía, por tanto, una necesidad para la clase dominante, pero la normalización creciente de las posiciones más reaccionarias ofrece la oportunidad de que, en el momento necesario, pueda recurrirse a las organizaciones fascistas igual que pasó en Alemania, en Italia o en España en los años 20 y 30 del siglo pasado. Hoy puede observarse de manera embrionaria el nacimiento de diversas expresiones de escuadrismo a nivel internacional, como la ICE en EEUU.

Dentro de las tareas a profundizar en relación al fenómeno de la reacción, sería pertinente analizar con mayor detenimiento todas las transiciones entre la democracia burguesa y el fascismo. Por un lado, la transición que se da entre la democracia burguesa y el fascismo tras los ciclos de auge reaccionario, pero sin olvidar también la transición posterior entre el fascismo y la democracia burguesa, que puede aportar interesantes datos sobre estos procesos.

7. Las tareas de los comunistas ante el auge de la reacción

Ante este panorama, las tareas de los Partidos Comunistas y Obreros no pueden limitarse a la denuncia moral del racismo o del autoritarismo. Nuestros partidos deben abordar el fenómeno en su raíz: el capitalismo en su fase imperialista.

El combate contra la reacción no puede separarse de la cuestión del poder. Limitarse a defender, como mal menor, un modelo democrático-burgués sin cuestionar la base económica que lo sustenta, conduce a una lucha defensiva y subordinada a intereses ajenos. Debemos analizar más profundamente el papel que puede jugar el agotamiento del período socialdemócrata en el crecimiento del fascismo, que inicialmente puede expresarse en forma de despolitización.

Hay sectores que presentan el modelo chino como alternativa, en referencia a su intervencionismo e incluso a un supuesto carácter nacionalista/patriótico. Estos sectores consideran que China es una alternativa a la decadencia de EEUU, como ejemplo de ese “nuevo progresismo capitalista” y del futuro del capitalismo. El progresismo, en definitiva, siempre se acaba convirtiendo en la base de desarrollo del reformismo. Las luchas por la justicia social, fuera de los marcos revolucionarios, reproducen marcos capitalistas y desaparecen en cuanto pierden utilidad.

Sólo el poder obrero basado en la socialización de los medios de producción concentrados y en la planificación centralizada y democrática de la economía, puede eliminar las bases materiales que engendran el nacionalismo, el chovinismo, la reacción y la guerra imperialista.

Esta orientación estratégica es fundamental y es la que debe guiar el trabajo de nuestros partidos. Sin una intervención organizada de los comunistas que explique las verdaderas razones del malestar social y señale una salida en términos de poder obrero y construcción del socialismo-comunismo, el vacío puede ser ocupado por las posiciones reaccionarias.

Es nuestra obligación mostrar y denunciar el vínculo entre la propaganda nacionalista, el rearme y los intereses de los monopolios. Frente a la lógica de la guerra imperialista, es necesario oponer el internacionalismo proletario y la lucha por transformar la guerra entre pueblos en lucha de clases contra las propias burguesías.

La extensión de las relaciones capitalistas al mundo entero y la consecuente interdependencia económica desigual no pueden ser confrontadas mediante el repliegue hacia formas de “capitalismo nacional” más o menos reguladas o protegidas. Las reivindicaciones inmediatas ligadas a la defensa del derecho al empleo pleno y estable, a sanidad y educación públicas y gratuitas, a vivienda pública, etc., deben integrarse en una perspectiva de clase independiente, que no subordine los intereses obreros a la competitividad de la burguesía nacional.

Es, por último, necesario, fortalecer la presencia comunista organizada en los centros de trabajo, única base sólida para resistir tanto a la explotación como a la penetración de ideologías reaccionarias, y mantener la independencia política e ideológica frente a todas las fracciones de la burguesía, evitando anular o diluir el programa comunista en frentes de alianzas interclasistas.