El Partido Comunista: esencia y forma


Aydemir Güler, Miembro del Consejo del Partido del TKP

Debemos contemplar la Comintern como origen del Partido Comunista, tanto como concepto como categoría. Esta elección ni es arbitraria ni supone obviar la organización partidaria de la clase obrera, que había continuado durante décadas. La Revolución de Octubre de 1917 creó uno de los logros históricos más importantes: el Partido Comunista. Identificar el comienzo del Partido Comunista con la Comintern es un homenaje a la Revolución de Octubre, pero no solo eso.

La Liga Comunista es una organización para un periodo de transición

La Liga Comunista, cuyo programa escribieron Marx y Engels en 1848, no era una forma ambiciosa que se había preconcebido teóricamente como instrumento de lucha de la clase obrera para la toma del poder. En una época en la que la clase obrera se había destacado y la crisis estaba a punto de estallar, la lucha democrática y comunista se inclinaba hacia la clase obrera. Las razones democráticas y las comunistas se entrelazaban de manera inevitable.

La democratización fue conceptualizada principalmente por la praxis de la Revolución Francesa y la perspectiva producida por esta praxis. El derrocamiento del Ancien Régime, la politización del movimiento obrero popular contiguo a la ilustración, la creación de mecanismos de participación... todo ello supuso cambios constitucionales concretos, estructuras políticas basadas en el sufragio universal y finalmente la demolición de la dominación institucionalizada de la iglesia. La trayectoria esbozada por estos sucesos solo arrojaría resultados que serían inaceptables para la explotación capitalista; sin embargo, la clase obrera, cuya proporción dentro de la población había aumentado de manera significativa como consecuencia del desarrollo industrial, solo podría ser reconocida como una fuerza para tomar el poder político y ser incluida en el programa político en un momento mucho más cercano. La revolución se desarrollaría aún más en tanto que las clases trabajadoras se aproximasen con rapidez y finalmente trascendiesen los límites del horizonte burgués.

Este enfoque también modeló la forma organizativa. La Liga Comunista era una entidad relativamente holgada e informal en comparación con las “organizaciones revolucionarias” que ya habían demostrado su eficacia incluso en las revoluciones burguesas. Sus cualidades internacionales ofrecían el potencial de avanzar más allá de la revolución burguesa, lo que construyó la lucha de la clase obrera y el proceso revolucionario sobre los mercados nacionales y los estados-nación, dividiendo de ese modo a los trabajadores en función de las líneas nacionales. Sin embargo, las condiciones objetivas sobre las que se basaba la organización estaban lejos de ser uniformes. La revolución industrial en Inglaterra seguía sin tener igual en intensidad e impacto. En Francia, donde el fervor revolucionario persistió durante décadas y seguía siendo insaciable, el país era predominantemente agrario en vez de industrial, representando el campesinado la fuerza social más significativa. A lo largo de Europa, incluyendo las regiones germanoparlantes, las luchas políticas se centraron en el establecimiento de formas constitucionales de gobierno, acompañadas por los movimientos que se posicionaban contra los imperios, influenciados por la marea creciente del nacionalismo. La perspectiva y estructura internacional de la Liga Comunista, aun ambiciosa, tuvo problemas para mantener un enfoque claro y unificado.

Es más, la intervención de Marx y Engels en la organización coincidió de forma casi exacta con el estallido de la revolución, sumergiendo a la Liga Comunista en la lucha sin posibilidad de proporcionar una dirección, o siquiera una coordinación, centralizada. De forma simultánea, se desplegaron esfuerzos para establecer una línea de publicación que impulsara las reivindicaciones democráticas hacia el comunismo, la participación en primera línea de los comunistas en los levantamientos campesinos y sus intentos de dirigir el movimiento obrero. Al levantamiento de 1848 le seguiría en un par de años una intensa opresión. Nacida en medio de una crisis e insurrección continental, la Liga Comunista representaba el primer experimento en la lucha y organización comunista. Sin embargo, no ofreció ningún modelo claro a seguir. Los comunistas respondieron a las necesidades prácticas inmediatas, luchando por moldear la transición de la revolución democrática burguesa a la organización de la clase obrera.

La Internacional: cuna de la cristalización del comunismo

Los partidos socialdemócratas que surgieron en la fase siguiente tomaron forma en las condiciones específicas de Alemania. En el intermedio entre ambos periodos, se fundó la Asociación Internacional de Trabajadores —posteriormente registrada en la historia como la Primera Internacional en el intermedio entre ambos periodos— en 1864, y solo pudo durar hasta las postrimerías de la Comuna de París de 1871 a causa de una escisión. La Primera Internacional no merece una consideración separada en cuanto al proceso de formación del Partido Comunista.

La Primera Internacional sirvió como etapa en la que volvió a surgir el movimiento obrero tras el periodo reaccionario que siguió a las revoluciones de 1848. Sin embargo, esta etapa estuvo plagada de debates entre una compleja gama de facciones, entre las que destacaban, aunque no eran exclusivas, las de los marxistas y los anarquistas. De hecho, estos mismos debates son los que hacen tan valiosa esta experiencia. El rechazo de la facción anarquista a implicarse en la búsqueda del poder político agudizó la determinación de los comunistas de tomar el poder mediante la revolución, una posición que reforzaron tanto a través de argumentos teóricos como de propuestas organizativas prácticas. Más allá de esta polarización, la Internacional también absorbió distintas dinámicas heredadas de los movimientos revolucionarios democráticos burgueses.

No solo había diferencias ideológicas y políticas, sino que la propia estructura organizativa era diversa; era una formación que incluía como miembros a partidos, individuos, grupos y sindicatos. En términos de estructura, ideología y programa, la Primera Internacional estaba muy lejos del concepto homogéneo de “partido” como lo entienden no solo los comunistas, sino también la burguesía en el siglo XX.

Su disolución en 1876 no solo fue influida por el periodo reaccionario que siguió a la Comuna de París, sino también por las diferencias internas que demostraron ser insostenibles. Aunque la Segunda Internacional, fundada en 1889, también se benefició de esta diversidad, esta no obstante evolucionó hacia un modelo organizativo coherente.

La socialdemocracia como primer modelo

Como en experiencias anteriores, esta diversidad surgió del imperativo de consolidar las distintas hebras del movimiento obrero. Dado que ninguna de estas hebras tenía un registro demostrado de éxito capaz de allanarle el camino a la dominación de la política de clase, dicha diversidad era inevitable, si bien sabemos que una organización orientada a “conseguir la revolución” es en esencia distinta a una plataforma diseñada para cumplir con los requisitos de una “organización paraguas”. La Segunda Internacional nunca revirtió el modelo de su predecesor.

Desde su misma concepción, la socialdemocracia aspiró a unir el campo fragmentado bajo una bandera común, necesitando un enfoque flexible y vagamente estructurado. En los países en los que la socialdemocracia consiguió fuerza, esta confluyó en un órgano unificado compuesto de sindicatos y partidos políticos populares, una forma de unidad que demostró ser altamente eficaz en varias naciones.

Hay una fuerte conexión entre las características intrínsecas de esta estructura y el enfoque partidario en la política electoral. Los partidos socialdemócratas, como modelo, asumieron el marco de la democracia parlamentaria burguesa.

Sin lugar a dudas, el ejemplo más influyente fue el del Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania, que —junto con Marx y Engels y dirigido por Karl Kautsky, uno de los teóricos y políticos marxistas dirigentes de la época— surgió a finales del siglo XIX y principios del XX como el centro neurálgico del movimiento obrero internacional que definió a la Segunda Internacional.

En Alemania, no fue la industrialización lo que se retrasó, sino más bien la formación de un estado-nación centralizado. El Sacro Imperio Romano, con su fragmentación feudal de la autoridad, arrastró esta división hasta el siglo XIX. Aunque esta estructura contempló los logros sociales de la Revolución de 1789 como un lastre, al final no pudo contener las fuerzas modernizadoras y centralizadoras del Imperio Francés, sucumbiendo a las Guerras Napoleónicas. Este proceso, que fortaleció el ideal de la unificación alemana, fue dirigido por el progreso del capitalismo en tierras germánicas. En medio de la competencia entre distintas capitales regionales, Prusia —centrada en Berlín— surgió de forma gradual como la fuerza dominante.

La unificación de Alemania en 1871 marcó el inicio de un periodo de crecimiento económico significativo. En Alemania, la victoria social y política del capitalismo no se consiguió a través de un movimiento popular desde abajo, sino a través de una integración dirigida por el estado desde arriba. Al mantener esta trayectoria, la burguesía alemana actuó de forma decidida contra el movimiento obrero. Al contrario que la revolución burguesa en otras partes de Europa, que fue marcada por los levantamientos de las masas, la revolución alemana no culminó en una lucha popular, sino en la consolidación del poder del estado; no fueron los trabajadores los que impulsaron la representación republicana, sino la coronación unificadora de un emperador la que marcó un punto de inflexión. El reaccionarismo político de este proceso descendente fue tan severo que, en 1878, el Reichstag aprobó la “ley antisocialista”, que apuntaba directamente a los socialdemócratas —los comunistas de ese momento—. Esta ley estaría en vigor, con varias extensiones, hasta 1889.

Aparte de las presiones que mantuvieron a la organización de los comunistas fuera de la ley por un tiempo, el Partido se formó en 1975, principalmente a través de la fusión de dos organizaciones: la Asociación General de Trabajadores Alemanes Lasalleanos, fundada en 1863, y el Partido Socialista Obrero de Alemania, fundado por los marxistas en 1869. Ambos se fusionaron en 1875 para formar el Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania. La experiencia que proporcionaría un modelo organizativo para el movimiento comunista internacional fue durante décadas un proyecto de fusión. Por supuesto, el movimiento socialdemócrata presumía de la unidad de movimientos y cuadros procedentes de distintas tradiciones ideológicas, de forma esencialmente distinta a los Partidos Comunistas de 1919, que declararon que buscarían su cristalización y homogeneidad. La división de la socialdemocracia en distintas facciones es por definición intrínseca y una característica innata.

La transformación de Alemania en un estado imperial, con su carácter de estado-nación, aceleró enormemente el desarrollo de la burguesía y el crecimiento capitalista del país. En un breve lapso de tiempo, el Imperio Alemán representaría el corazón del continente, compitiendo económicamente con Inglaterra y políticamente con Francia y Rusia.

El desarrollo del capitalismo vino acompañado del crecimiento y la expansión de la clase obrera, convirtiéndose con rapidez en la clase nuclear de la sociedad. Ante este dinamismo, se clarificaron los límites de los mecanismos de presión. Desde luego, el Partido Socialdemócrata y los sindicatos evolucionaron a un movimiento de masas al volver obsoletas las restricciones legales. Este movimiento de masas, que dirigió a Alemania a un “estado del bienestar temprano” a finales del siglo XIX, también allanó el camino del estado social “temprano”. En concreto, los sindicatos no solo actuaron como sujeto de reivindicaciones y luchas, sino que también desempeñaron un papel en la institucionalización de los derechos de los trabajadores como los que aplicaron las conquistas en el seno del sistema.

Mientras los sindicatos socialdemócratas de masas llevaron la lucha por los derechos a victorias institucionales, también se apoyaron en la presión ejercida por el Partido mediante los votos en el sistema. El revisionismo de Bernstein, que argumentaba que el capitalismo podía cambiar radicalmente sin la toma del poder del estado ni el desmantelamiento del aparato estatal, se fundamentaba en “conquistas sociales parciales”. Si la burguesía iba a consentir una transición gradual del poder, las conquistas laborales acumuladas por la socialdemocracia podrían haber conducido a Europa con facilidad al socialismo. Sin embargo, la tesis de la transición pacífica no era válida, y no solo el revisionismo, sino que también el centro partidario se desviaba hacia el conformismo construido sobre los logros sistémicos institucionalizados de la socialdemocracia.

Cuando Engels escribió el prólogo de la nueva edición de Las luchas de clases en Francia de Marx en 1895, iniciando un debate sobre cómo los cambios en el capitalismo afectaban al proceso revolucionario, el buque insignia de la socialdemocracia —el Partido alemán— se inclinó profundamente hacia el conformismo. Engels era consciente de que la situación social y la estructura del estado prometían un futuro muy distinto a las condiciones revolucionarias pasadas simbolizadas por las barricadas. La situación objetiva había cambiado radicalmente, como demostraba el ejemplo de lasmos capitales, ahora equipadas con bulevares que hacían inviables las barricadas. La intervención de Engels, centrada en la búsqueda de la revolución, sería censurada por el centro partidario: la desviación reformista había enraizado lo suficiente para desafiar al representante vivo del marxismo.

La socialdemocracia había entrado en un proceso de conversión en una corriente dentro del sistema. Engels predijo, antes de su muerte, que el Partido Socialdemócrata tendría que esperar hasta 1912 para ganar las elecciones. Sin embargo, convertirse en el primer partido en ganar el máximo de votos no suponía tomar el poder. La clase obrera solo podía llegar al poder mediante una insurrección revolucionaria. El auge de la socialdemocracia alemana hasta convertirse en el mayor partido no implicaba que fuese capaz de hacer la revolución. La trayectoria histórica del Partido a principios del siglo XX se convirtió en la de la capitulación ante el sistema.

La actuación electoral de los principales partidos de la Segunda Internacional fue desde luego chocante. El Partido Socialdemócrata austríaco superó el 23% en 1901 para alcanzar su mayor porcentaje de voto.[1] El Partido Laborista belga fluctuó entre el 15% y el 27% entre 1894 y 1908, cayendo por debajo del 7% en 1910 y luego escalando por encima del 30% en 1914. El Partido francés tuvo más del 16% en 1914, justo antes de la guerra.[2] El Partido Socialista italiano también alcanzó más del 20% en 1904 antes de retroceder, pero mantuvo aún una posición significativa. El Partido Laborista noruego mostró un firme crecimiento a principios del siglo XX, superando el 20% en 1909 y el 26% en 1912. El Partido Obrero Socialdemócrata holandés tuvo un 18,5% en 1913, y los socialdemócratas daneses se acercaron al 30%. Los votos del Partido Socialdemócrata de Finlandia fluctuaron en torno al 40% antes de la guerra. El Partido Socialdemócrata de Suiza alcanzó el 20% en 1911. Los socialdemócratas suecos, en alianza con los liberales, superaron el 30% justo antes de la guerra. El partido francés de la Internacional alcanzó más del 13% en 1910 y el 17% en 1914. Estos altos porcentajes de voto pueden interpretarse como el arrastre de la socialdemocracia hacia el sistema. Sin embargo, otra perspectiva podría concluir que tras estas cifras había un potencial sustancial para la clase.

Entre mediados de la década de 1890 y mediados de la de 1910 —un periodo de casi veinte años— era posible intervenir en la dirección de la socialdemocracia. Su fracaso en la intervención, unida al efecto catalizador de la Primera Guerra Mundial, pudo verse como una confirmación indirecta de la teoría de la organización de Lenin. El papel del “sujeto organizado” en la lucha de clases era mucho mayor de lo que se anticipaba, y en Europa occidental los revolucionarios marxistas habían entregado su voluntad a las “masas”.

Las masas, incluyendo a la clase obrera, no podían ser el sujeto de la revolución socialista. Las organizaciones de masas, como los sindicatos, fueron terreno para la lucha de clases del partido. De hecho, la socialdemocracia había dejado de ser desde hace tiempo sujeto y se había convertido en el campo de batalla entre clases opuestas. La distancia entre la derecha revisionista —que suponía la supervivencia del capitalismo con el apoyo de la clase obrera— y quienes seguían buscando la revolución no podía definirse en el seno de las tendencias habituales de un partido obrero. El centro del Partido alemán y la Segunda Internacional contemplaron la cuestión de esta forma, intentando gestionar las contradicciones; sin embargo, la lucha de clases había resurgido en el seno del propio Partido. Los revolucionarios estaban condenados a seguir siendo débiles en esta contradicción. Estar en el ala izquierda o revolucionaria del Partido no suponía ser el sujeto organizado; al contrario, dicho esfuerzo solo ató sus manos.

La figura que definió así la situación vino de Rusia, donde la clase obrera no podía ni reunirse en organizaciones de masas abiertas ni institucionalizar sus conquistas, y donde el Partido tuvo que retirarse a una distancia segura de las instituciones estatales para protegerse.

¿El Partido bolchevique o el Partido Comunista? ¿Modelo o teoría?

La experiencia bolchevique y el Partido Comunista no es idéntica. Aunque tenían profundas diferencias de Europa occidental, los bolcheviques seguían siendo una facción del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, que se había inspirado inicialmente en el modelo socialista de Europa occidental. La existencia de bolcheviques, mencheviques y otros grupos, la falta de homogeneidad política en el Partido y la continuación de distintas prácticas y publicaciones organizativas, todo ello mostraron la dificultad para encontrar una correspondencia directa con la teoría de organización y dirección de Lenin.

Sin embargo, podemos encontrar una serie de características formales comunes. La organización bolchevique, aunque separada de la socialdemocracia, era una organización revolucionaria centralista y disciplinada que, aun participando en actividades legales, fue diseñada como una estructura que no podía encajar en las reglas del sistema, suponiendo que la ilegalidad era esencial. Para los Partidos Comunistas, la legalidad burguesa no era un principio compartido, sino una oportunidad a explotar.

El “modelo” de organización leninista se entiende a menudo a través de estas características formales: debe conseguirse la homogeneidad ideológica y política; el centralismo, que es “democrático” en el sentido en que los comités se forman a través de mecanismos congresuales, era la norma fundamental de funcionamiento; la disciplina absoluta debía aplicarse en la práctica; revolucionar el sistema era una condición necesaria para la actividad ilegal. Sin embargo, incluso después de que la organización bolchevique se convirtiese en un partido independiente, seguía sin ser homogéneo; durante el periodo de febrero a octubre de 1917, la dirección central del partido revolucionario se enfrentó a numerosos desacuerdos en cuestiones críticas, incluyendo las de si apoyar al Gobierno Provisional a favor del progreso de la revolución burguesa o retirar el apoyo para preparar a la clase obrera para la revolución, o si organizar un levantamiento u oponerse a él para que la organización no se divulgase en la prensa legal. Después de la revolución, el partido de Lenin daría pasos para acabar con el fraccionalismo tomando decisiones en el Congreso. El Partido Comunista de la Unión Soviética, sin embargo, era un partido que incorporó distintas corrientes ideológicas, ya fuesen abiertas o implícitas. Al mirar la historia de los partidos comunistas, los conceptos de homogeneidad, centralismo, disciplina y legalidad han variado según el país y el periodo. Así, es necesario mirar más allá de las características formales.

Si nos satisficiesen solo las características formales, podríamos tener un modelo organizativo. En la Segunda Internacional, podríamos hablar de un modelo holgado; pero la holgura no podría ser nunca una teoría. La socialdemocracia ignoró la teoría cuando llegó a lo organizativo.

En los bolcheviques, sin embargo, la importancia situada en la organización iba más allá de un modelo y conduce a la teoría de la dirección.

Contrariamente a lo que se cree con frecuencia, el ¿Qué hacer? de Lenin es una obra que va más allá de las luchas prácticas; de hecho, es una de las obras más teóricas de su autor. El ¿Qué hacer? presenta una teoría de dirección que critica la forma organizativa de la socialdemocracia.

Según esta teoría, el objetivo prioritario de la lucha organizada de la clase obrera es la toma del poder político. La revolución no puede surgir de la propia dinámica de la clase; la toma de poder debe ser planificada y ejecutada como una acción. La organización que debe traerse a la vida en este proceso va mucho más allá de un colectivo de trabajadores que pasan sus días en fábricas, exigen sus derechos y actúan en solidaridad. El Partido debe ser una organización de revolucionarios profesionales.

La búsqueda de la revolución es el factor definitorio tras las características formales del Partido Comunista. El centralismo, la ilegalidad y la organización basada en células no son variables independientes, sino más bien dependientes.

La participación de la clase obrera y las masas obreras en la lucha de clases no es una condición intrínseca. Que las masas vivan de su trabajo no provoca que desarrollen automáticamente inmunidad a la ideología, política u organizaciones burguesas. Las masas, incluyendo sus organizaciones de tipo sindical, son parte del “campo de la lucha de clases”. Los comunistas se enfrentan en una batalla continua a las ideologías y políticas burguesas que se reproducen constantemente dentro de la clase obrera, siendo una dimensión de una lucha de clases más amplia.

La influencia burguesa en el seno de la clase se manifiesta de distintas formas, como el economicismo o el tradeunionismo, entre otros. La cuestión de cuánto de los debates marxistas se mantienen dentro de los límites legítimos y aceptables dentro del partido y de dónde empiezan las posiciones opositoras de las clases enemigas no tiene una respuesta absoluta. La lucha de clases sucede dentro de la propia clase.

Construir un centro que no pueda ser infiltrado por la lucha de clases actual es una condición fundamental para la acción revolucionaria. Además, por este motivo tener conciencia de clase no es cuestión de elección, sino una necesidad absoluta.

La importancia realzada de la dirección, comparada con su comprensión anterior, recae dentro de estas observaciones y tesis. Una clase que no ha organizado su vanguardia o desarrollado una conciencia revolucionaria puede, en el análisis final, ver que sus acciones vienen a reflejar las de la clase opuesta.

El debate de Lenin se conecta indudablemente con cómo debe tomar forma la organización. Sin embargo, también es una contribución teórica que incorpora el concepto de “desarrollo desigual”. El hecho de que las masas obreras sean incapaces de organizar directamente el acto de toma de poder crea una brecha que abordar la desigualdad interna de la clase, una brecha que se cubrirá con la organización revolucionaria profesional que representa el sector más avanzado de la clase.

El partido de la clase obrera gestiona la desigualdad objetiva. En Rusia, el capitalismo estaba relativamente subdesarrollado, la clase obrera no tenía experiencia relativamente y el peso social recaía en el campesinado. El proceso de revolución socialista no se pospuso necesariamente hasta que tales hechos desiguales se resolvieran en un futuro lejano. Las debilidades en la dinámica de clases puede ser compensada con otras fuentes. La alianza obrera y campesina, la política de reforma agraria a adoptar en la coyuntura revolucionaria para los campesinos sin tierras y la alianza entre la clase obrera y las naciones oprimidas subyugadas por el Zar fueron todas expansiones de la vanguardia revolucionaria. Para conceptualizar y aplicar estas estrategias, el Partido debe estar dirigido esencialmente por una organización de revolucionarios profesionales.

El partido centralista como unidad de la clase

Hemos discutido anteriormente aspectos formales del centralismo. En los Partidos Comunistas, el centralismo se examina con frecuencia con la lente de la participación democrática, los mecanismos de control, el peso del centro, los derechos de los miembros y la burocratización. Estas cuestiones pueden ser desde luego debatidas en relación con las realidades prácticas. Sin embargo, el centralismo tiene también otra dimensión que concierne al carácter mismo de la clase obrera.

La clase obrera pasó por un largo proceso de formación durante la era de la revolución industrial dentro del sistema de producción capitalista. La escala de talleres y fábricas en el capitalismo es única, en particular en términos de mano de obra que junta. El impacto de miles, e incluso decenas de miles, de trabajadores trabajando codo con codo en el mismo espacio y el surgimiento de diversos tipos de trabajo que se complementan entre sí han sido cruciales en la conformación de la identidad de clase. Las personas que trabajan en grandes grupos no solo comparten sus vidas sociales en los mismos barrios, sino que también sufren y celebran juntos. Esta experiencia ampliamente compartida condujo inevitablemente al crecimiento de la organización y lucha colectivas. La lucha económica, o la lucha por los derechos, se convirtió en un elemento inseparable de la condición de la clase obrera. Este aspecto ha sido identificado con claridad en los análisis marxistas clásicos.

La cuestión crítica en esta discusión es cómo la clase obrera transiciona de la simple conciencia organización y lucha hacia un estado de autoconciencia y organización política. Un ejemplo histórico de ello es la clase obrera inglesa que, pese a haber experimentado la revolución industrial en su forma más avanzada y desarrollado una cultura y forma de vida compartida, no logró establecer una presencia política fuerte y revolucionaria. En Francia, que una vez sirvió como epicentro del movimiento obrero, nunca sucedió una revolución industrial comparable a la de Inglaterra. En Alemania, como formación de clase abierta a la organización de masas, la clase obrera entró en un proceso en el que se convirtió en parte del sistema existente en vez de cambiarlo. Esta situación presenta un desafío considerable, cuya solución puede empezar por el reconocimiento de que la política no es solo un reflejo de la esfera económica.

Sin embargo, este problema ha pasado por una transformación posterior con el tiempo. La participación colectiva y masiva de trabajadores en el proceso productivo mostró ciertas fluctuaciones, pero finalmente abandonada con el auge de las transformaciones neoliberales en los procesos laborales desde la década de 1980. Los centros de trabajo, una vez espacios comunes para la clase obrera, se dividieron en compartimentos aislados como parte de un vasto proyecto global. El entorno laboral ya no facilita el diálogo entre los trabajadores, ni es posible para ellos compartir sus vidas sociales. La reestructuración neoliberal ha apuntado a atomizar a la clase obrera, y se ha hecho un progreso relevante a este respecto.

En consecuencia, la unidad económica y social de los trabajadores ya no tiene una importancia política o revolucionaria y la fragmentación de esta unidad se ha convertido en un problema añadido.

Sabemos que la definición más amplia de la clase obrera es que es la sometida a la explotación capitalista. Un segmento grande de las masas sometidas a esta explotación constituye una facción de clase que genera plusvalía, y esta característica concede una importancia estratégica a ciertos sectores. Sin embargo, nada de ello cubre los huecos necesarios para que la clase obrera consiga una organización política y una conciencia revolucionarias. Además, el capitalismo hoy ha profundizado esta brecha objetiva hasta crear una grieta estructural.

Al extraer lecciones históricas de la lucha de clases, la burguesía ha tenido éxito en la organización de la esfera económica de tal forma que garantiza la división de la clase obrera en vez de su unidad. En tiempos en los que la esfera económica contribuía al desarrollo de la cultura de clase, Lenin argumentaba que la conciencia revolucionaria debe ser desarrollada por una organización revolucionaria profesional externa. Hoy, en política solo ha aumentado el papel de la intervención intencionada y organizada en la unión de una clase dividida por la economía.

La unidad entre los trabajadores —que el capitalismo ha fragmentado en los centros de trabajo y en su vida diaria— solo puede ser restaurada políticamente. Debe señalarse también que esta transformación ha remodelado así mismo las estructuras sindicales. El nuevo modelo que ha surgido de la crítica del sindicalismo de clase y de masas, bajo la bandera del sindicalismo contemporáneo, muestra que los sindicatos ya no extraen su poder de las luchas de sus miembros por derechos, sino de su aceptación institucional dentro del sistema existente en su lugar.

Los sindicatos que han pasado por esta transformación se han distanciado de las formas reales de organización obrera. En cualquier caso, por parte de los comunistas debe verse a los sindicatos como un sitio de lucha, no solo como instrumentos de ella. Si bien hay ejemplos en los que antiguos sindicatos mantenían parte de su fuerza, las conquistas institucionales de los sindicatos pueden conducir a la degeneración, a menudo como consecuencia del Partido Comunista o las estructuras sociales que lo rodean. En un entorno no revolucionario, la existencia de miles de sindicalistas profesionales provoca un institucionalismo burocrático dentro del movimiento obrero.[3]

La necesidad del leninismo en el concepto del Partido Comunista es aún mayor en el siglo XXI. Sin embargo, durante más de treinta años se ha culpado al leninismo de la derrota del socialismo real y la posterior retirada de los partidos comunistas, el movimiento obrero y la dinámica revolucionaria. Este ataque no es un debate en el seno de la izquierda o el marxismo; más bien refleja la influencia de la ideología burguesa.

El carácter centralista de los Partidos Comunistas es el único medio con el que realizar una potente intervención en la reconstrucción de la cultura obrera y los valores del trabajo que se han menoscabado. Si hay que reunificar políticamente una clase desintegrada, el partido debe ser excepcionalmente fuerte como centro de mando de esta operación social. En el Partido Comunista deben entenderse los mecanismos de participación no como principios democráticos frontales, sino como un medio para impulsar esta fuerza y crear un entorno que conduzca al desarrollo de los cuadros que llevarán a cabo la misión definida.


[1] After reaching 251,652 votes and a rate of 23.39% in the 1900–1901 Imperial Council elections, the Austrian Social Democrats declined to the 11–12% range in the 1907 and 1911 elections before the First Imperialist War. Following the war, in the 1919 Constituent National Assembly election, the party received over 1 million votes—specifically 1,200,000—and reached 40.76%, winning 72 out of 170 seats and coming to power in a coalition for a short period. The Party Chairman, Seitz, also temporarily served as head of state. In the 1920 elections, the Social Democrats lost votes and forfeited this position.

[2] In France, the social democrats existed in different factions and went through a series of mergers and splits. The Section française de l'Internationale ouvrière (SFIO), which emerged through unifications in 1905, steadily increased its vote share in parliamentary elections prior to the world war.

[3] Undoubtedly, the sectoral weight in the economic structures of individual countries, the experiences of trade union struggle, and the quantitative and qualitative levels of organization of communist parties vary. In a number of countries, class-oriented trade unions are able to limit—even halt—the effects of the current capital accumulation regime that aims to decentralize the working class. This is stated with the general context in mind, in which trade union organization has declined and the ability of unions to represent the working masses has weakened.