El Partido Comunista y la clase obrera venezolana en la disyuntiva de la revolución bolivariana

  • 3/07/14 15:06

La actual crisis sistémica del capitalismo, coincide con el desarrollo de procesos progresistas y revolucionarios, fundamentalmente de carácter antiimperialistas y antioligárquicos, particularmente en América Latina, cuyas múltiples contradicciones intrínsecas generan expectativas en diversas direcciones.

       Uno de los rasgos comunes en tales procesos políticos, además de su carácter cuestionador de la dominación imperialista estadounidense en la región, la reivindicación de la soberanía nacional y una mejor distribución de la riqueza, atributos que de por sí los hacen merecedores del respaldo de las fuerzas consecuentemente revolucionarias, es que su vanguardia social ha sido asumida por sectores radicalizados de la pequeña burguesía y de capas medias profesionales, incluso con importante protagonismo de la llamada burguesía nacional emergente, no monopolista, interesada en tomar las riendas de la dinámica económica, en contraposición con la estrategia de control hegemónico global de los monopolios transnacionales.

       Confrontación interburguesa que tiene particular definición en Venezuela, con su economía petrolera rentista, donde prácticamente toda la dinámica económica y social gira alrededor de los recursos que genera la exportación de crudo, actividad bajo monopolio estatal, por lo que las diversas fracciones burguesas intentan tomar control directa ó indirectamente del aparato estatal y la administración de la renta petrolera.

       En tal contexto, ha surgido el planteamiento diversionista del “socialismo del siglo XXI”, con mayor fuerza levantado por el liderazgo de la Revolución Bolivariana en Venezuela, seguido por los gobiernos progresistas de Ecuador, Bolivia y Nicaragua, asumido además por corrientes políticas oportunistas  en otros países de América Latina y el Caribe.

       Esta circunstancia histórica ha sido cuna del renacer de diversas viejas “teorías” y concepciones, presentadas con apariencia de originales y  autóctonas, etiquetadas de endógenas, pero que en definitiva envuelven la negación de la lucha de clases y del papel revolucionario de la clase obrera, de la desestimación de la teoría científica del proletariado y de la necesidad de su instrumento orgánico, el partido político fundamentado en los principios del marxismo-leninismo.

       De tal manera, desde la dirección del proceso venezolano hay sectores que difunden conceptos introducidos por teóricos socialreformistas, “posmodernistas” y revisores del marxismo, elevando a la categoría de sujetos históricos de la revolución a “las multitudes” (Antonio Negri y Paolo Virno), “al Pueblo” -desprovisto de un sentido de clase- y a las comunidades territoriales. El problema con estas categorías es que son genéricas y abstractas, no históricamente concretas, y carecen por lo tanto de contenido clasista específico. Hablar de “las multitudes”, por ejemplo, es escamotear o al menos deformar la lucha de clases, que ocurre no entre los muchos y los pocos, sino entre los explotados y los explotadores, independientemente de sus respectivas fuerzas numéricas. Además, al enfatizar de manera superlativa, desde la dirección del proceso revolucionario y del gobierno, el papel protagónico de las comunidades territoriales, se obvia o aun más se intenta frenar el desarrollo organizativo y sociopolítico, que necesita alcanzar  la clase obrera y demás trabajadores y trabajadoras, desde sus centros de trabajo y por ramas de actividad laboral, en la dinámica de la lucha de clases, por la supresión de las relaciones capitalistas de producción.  

       A la par, desde instancias dirigentes del proceso se difunde la negación del materialismo dialéctico y la descalificación de la actuación de las leyes del desarrollo social (Kohan), tratando de darle sustento teórico al voluntarismo y al subjetivismo, en desmedro de la concepción materialista de la historia. En esa explosión de diversionismo ideológico, se abre paso con facilidad el anticomunismo en el discurso y en la práctica política, a nombre del socialismo del siglo XXI, haciendo concesiones a la ideología burguesa y al chantaje anticomunista de la guerra sicológica del imperialismo, debilitando la fuerza política y moral de la revolución bolivariana frente a los planes de la contrarrevolución.            

       Tal situación tiene su explicación, en buena medida, en la aun insuficiente fuerza cuantitativa y cualitativa de la clase obrera venezolana, que le ha impedido hasta ahora jugar un papel determinante o relevante en el curso del proceso de cambios que transita la República Bolivariana de Venezuela, aunque hay manifestaciones crecientes e indudables de una cada vez mayor conciencia política de la clase obrera y del pueblo trabajador venezolano, lo que favorece el desarrollo de una línea política para la defensa, consolidación y profundización de los cambios revolucionarios. Algunas de estas manifestaciones positivas, son las acciones de masas por la aprobación de una nueva y revolucionaria Ley Orgánica del Trabajo y la lucha por avanzar en el establecimiento de un nuevo modelo de gestión de las empresas, particularmente las de propiedad estatal, bajo el principio de control obrero, con la constitución de los Consejos Socialistas de Trabajadores y Trabajadoras, como instrumentos para el ejercicio de la dirección colectiva de las y los trabajadores en los procesos productivos, en combate por desmantelar las opresivas relaciones capitalistas de producción y por destruir al Estado burgués, propiciando la formación de una conciencia revolucionaria en la clase obrera.

       Los consejos socialistas de trabajadores y trabajadoras, tal y como los concibe el PCV, cumplirán cabalmente su papel revolucionario de clase, en la medida en que las y los trabajadores que asumen su construcción y desarrollo, elevan su conciencia, de clase en sí a clase para sí; a diferencia de los “consejos obreros” surgidos por iniciativa del socialreformismo en algunos países europeos.

       De acuerdo al análisis que hace el Partido Comunista de Venezuela (PCV), los cambios ocurridos en estos años en el marco de la denominada Revolución Bolivariana, son hasta el presente momento, el resultado de una práctica social-reformista de tendencia patriótica y progresista, con un determinante protagonismo de sectores de la pequeña burguesía. Tal realidad será trascendida solo mediante una nueva correlación de fuerzas populares y revolucionarias liderada por la clase obrera, que permitirá garantizar la consolidación de la liberación nacional y crear condiciones para avanzar efectivamente hacia el objetivo estratégico de la toma del poder por la clase obrera y avanzar en la  construcción del socialismo.   

       Se aproxima entonces la Revolución Bolivariana a una encrucijada y disyuntiva histórica, cuyo desenlace estará determinado por la correlación de fuerzas de clases que opere en su interior: o consolida un proceso de reformas progresistas que preserve los cimientos del sistema capitalista o avanza hacia una transición de desmontaje del aparato estatal burgués y sustitución del actual carácter dominante de las relaciones capitalistas de producción.   

 

Causas del insuficiente protagonismo de la clase obrera en el actual proceso venezolano

       La clase obrera venezolana no ha tenido, históricamente y en términos generales, una alta composición numérica, debido fundamentalmente al tradicional modelo monoproductor y monoexportador de nuestra economía nacional y a las características de atraso industrial de nuestro país, resultado de la condición dependiente y al papel asignado a nuestro país, en el marco de la división internacional del trabajo bajo dirección imperialista, como productor y exportador casi exclusivo de materia prima, específicamente de petróleo crudo.

       Si bien entre los años 60 y 70 del siglo XX, surgieron conglomerados industriales de cierta importancia, fundamentalmente de propiedad estatal, como las empresas de la Corporación Venezolana de Guayana (CVG), no obstante en la década de los 80, como efecto de la aplicación de las políticas neoliberales, se inició una acelerada desindustrialización del país. Esta tendencia fue detenida a partir del año 1999 cuando el gobierno del Presidente Chávez rompió con la política neoliberal, pero diversos factores internos y externos han impedido que se active un proceso de sostenida reindustrialización del país.

       Si bien es cierto que la debilidad del tejido productivo ha provocado un decrecimiento numérico relativo del proletariado industrial (por ejemplo, el número de trabajadoras y trabajadores ocupados en la industria manufacturera se ha reducido más de 20% desde 1990), esto no significa un decrecimiento absoluto de la clase trabajadora, puesto que ha habido un aumento de la fuerza de trabajo ocupada en otros sectores, particularmente en la construcción, el comercio y los servicios públicos, incluyendo las telecomunicaciones y la energía eléctrica.

       No obstante, los obreros de la industria manufacturera siguen siendo muy importantes desde el punto de vista cualitativo, pese a la notable reducción que han sufrido sus filas. Su número hoy está por debajo de los 500 mil, o un 4 por ciento del total de la fuerza laboral activa del país. Entre ellos destacan los metalúrgicos, concentrados en el complejo industrial guayanés.

       Efectivamente se ha experimentado un proceso de disminución del parque industrial, producto del cierre unilateral de empresas por parte de sus propietarios, bien sea por motivos políticos o por razones económicas ligadas a los efectos residuales de las políticas neoliberales que favorecieron las tendencias hacia la concentración y centralización del capital. Así, entre 1996 y 2007, el número total de empresas industriales manufactureras se redujo en casi un 40 por ciento, reducción que afectó especialmente a la pequeña y mediana empresa.

       En cuanto al proletariado petrolero venezolano, este no ha registrado históricamente un gran número de efectivos, aunque en las primeras cinco décadas del siglo XX, período de establecimiento y consolidación de la economía petrolera, era el componente más numeroso, organizado y combativo del conjunto de nuestra clase obrera. Experimentó luego una disminución y debilitamiento, resultado de la irrupción del uso de nuevas tecnologías y de la profusión de los mecanismos de tercerización y subcontratación en las relaciones de trabajo, además de la influencia perniciosa y divisionista de las corrientes corrompidas de la socialdemocracia pro-imperialista, que dominaron al sindicalismo petrolero por muchos años.  

       Actualmente, con la intensificación de actividades en la Faja del Orinoco y la reciente estatización de los servicios vinculados a las actividades primarias como transporte, perforación, servicios generales, entre otras, la estatal Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA), incrementó su personal a cien mil trabajadores y trabajadoras, incluyendo la abultada nómina administrativa y de servicios sociales que también le ha asignado el gobierno bolivariano a la corporación petrolera nacional.

       En cuanto a los aspectos subjetivos que definen el hasta ahora insuficiente protagonismo revolucionario de nuestra clase obrera, están la tradicional división orgánica del movimiento sindical venezolano, su débil organización y el predominio en su dirección de tendencias reformistas y burocráticas, aunque siempre han estado muy activas y combativas las tendencias que reivindican el clasismo en el seno de nuestro movimiento sindical, con destacada participación de las y los militantes comunistas.

       

La lucha contra el reformismo y el oportunismo en el movimiento obrero venezolano

La confrontación en Venezuela entre el sindicalismo clasista y el sindicalismo reformista y sus agrupamientos orgánicos, no están al margen de la lucha histórica universal por ganar a las masas trabajadoras, o bien para batallar por romper las cadenas de la explotación capitalista y conquistar la plena liberación social, o para aceptar sumisamente la moderna esclavitud asalariada y condenar a toda la humanidad a la opresión que ejerce el capital.       

          Como es sabido, la división orgánica y política del sindicalismo tiene sus orígenes en la historia misma del movimiento obrero internacional, desde el momento en que el enemigo de clase logra que las tendencias reformistas y oportunistas se desarrollen y actúen con fuerza en su seno. De tal manera que, con la división de la Segunda Internacional en 1914, nació la socialdemocracia burguesa contemporánea, portadora del colaboracionismo de clase.

          La Federación Sindical Mundial (FSM), fundada en 1945, como la central internacional que expresa los genuinos intereses y objetivos de las y los trabajadores del mundo, fue dividida a los pocos años, resultado de una conspiración orquestada por el imperialismo norteamericano. En los últimos años, la derecha sindical mundial, respondiendo a la estrategia global de dominación de los capitales transnacionales, decidió unificarse en una sola central, fundando en noviembre de 2006 la Confederación Sindical Internacional (CSI), producto de la fusión de la socialdemócrata CIOLS y de la socialcristiana CMT. En América, unificaron a la Organización Regional Interamericana del Trabajo (ORIT), filial continental de CIOLS y a la Central Latinoamericana de Trabajadores (CLAT), filial continental de CMT, en la Confederación Sindical de Trabajadores y Trabajadoras de las Américas (CSA). En Venezuela, las centrales sindicales derechistas CTV, CGT y CODESA -las dos últimas casi extintas-, se afiliaron a la CSA y a la CSI.

          La FSM, por su parte, contó desde los años 60 con la afiliación de la Central Unitaria de Trabajadores de Venezuela (CUTV), que aun con relativa debilidad orgánica, fue por décadas un referente clasista en las luchas de las y los trabajadores venezolanos, particularmente al momento de denunciar y combatir, en los años 80 y 90, contra las políticas neoliberales de flexibilización laboral, desmontaje de la seguridad social y privatización de empresas, siendo la contraparte de la patronal y pro-imperialista CTV, que desde los años 60 se convirtió en instrumento sindical al servicio de la oligarquía venezolana y sus gobiernos.

          El inicio del proceso revolucionario bolivariano, con la elección del Presidente Chávez y la aprobación de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, agudizó la lucha de clases pero también creó condiciones para el desplazamiento de la hegemonía sindical ejercida por la CTV y la búsqueda de la unidad sindical, a partir del reagrupamiento de los muy diversos factores laborales afectos al proceso revolucionario. En esa dinámica surge la Unión Nacional de Trabajadores y Trabajadoras (UNETE), afecta a la FSM, que respalda al proceso revolucionario desde posiciones de independencia de clase.

          Pese al avance que significa el proceso antineoliberal y antiimperialista en desarrollo en Venezuela y pese a la existencia de la UNETE, el movimiento obrero y sindical venezolano sigue enfrentando la histórica tendencia de la burguesía y del Estado a someterlo a su tutela y subordinación. Además de las corrientes sindicales abiertamente contrarrevolucionarias, existen corrientes que, aunque pregonando una posición a favor del proceso revolucionario, tienen una concepción y una práctica reformista y oportunista, optando por un sindicalismo patronal y oficialista, que propugnan la división de la UNETE y la conformación de otra central sindical, construida burocráticamente desde escenarios del poder estatal. Esta situación complejiza la lucha de las y los trabajadores frente a la patronal pública y privada, aun más cuando desde diversas instancias del poder político se tiende a asumir una posición abiertamente antisindical o, en todo caso, contraria a la existencia independiente de las organizaciones de las y los trabajadores.    

          Para el PCV, la necesidad de defender y fortalecer la autonomía e independencia del movimiento obrero y sindical, así como de todas las organizaciones de masas, frente a la patronal, el Estado y los partidos burgueses y pequeñoburgueses, se coloca en la primera prioridad de las y los trabajadores con conciencia de clase, tanto desde las organizaciones sindicales, como desde el accionar de las y los delegados de prevención (representantes de las y los trabajadores para la defensa de la salud y seguridad en el trabajo) y de los Consejos Socialistas de Trabajadores y Trabajadoras, surgidos como consecuencia de la premisa constitucional de la democracia participativa y protagónica y como instrumentos que reivindican el ejercicio del control obrero en los procesos de producción, administración y distribución de bienes y servicios, desde cada centro de trabajo y en las diversas ramas productivas.

          Esta necesidad se pone de relieve ante el hecho cierto de que está en desarrollo una generalizada tendencia a colocar bajo la subordinación del gobierno nacional y de otras instancias del poder estatal, a todas las organizaciones sociales. Pero el caso es particularmente grave en el caso de las organizaciones de la clase trabajadora, puesto que al ejercer la pequeña burguesía la hegemonía de la dirección del proceso y del gobierno nacional, se pretende que las y los trabajadores declinen su independencia de clase, indispensable para demandar sus derechos particulares y para reivindicar sus intereses colectivos, económicos, sociales y políticos que, básicamente, son los mismos intereses de las mayorías populares de la ciudad y el campo, pero que a la vez son intereses contrarios a los sectores que, en lo fundamental, ejercen buena parte del poder político. Tal situación está generando continuos y crecientes conflictos.     

          Así las cosas, la lucha por avanzar hacia la unidad orgánica y programática del movimiento de las y los trabajadores, se inscribe en la lucha por transformar al sindicalismo venezolano, rearmándolo de los principios que deben guiar la acción liberadora de nuestra clase, esencialmente para derrotar al reformismo en su seno y para que este, en sus diversas luchas y realizaciones, sirva a la formación de la conciencia de clase y al ascenso del proletariado, en alianza estratégica con otras clases y capas sociales también explotadas y oprimidas, a la condición de clase dirigente.

          Tal y como lo afirmó el XIII Congreso Extraordinario del PCV (marzo, 2007): “…entre las tareas de mayor trascendencia del partido de la revolución, se encuentra el diseño de una política capaz de conquistar el movimiento sindical  para adecentarlo, para erradicar los enormes vicios incubados como consecuencia de las tremendas perversiones del reformismo, de las practicas desarrolladas por los sindicatos patronales, y de los efectos del clientelismo, para romper definitivamente con su atomización, para convertirlo en una fuerza de primera línea en la construcción de una nueva sociedad.”

 

Es necesaria la existencia y el fortalecimiento del partido de la clase obrera en el marco del proceso político venezolano

          Quienes desde el proceso bolivariano consideran que la clase obrera no es el sujeto histórico de la revolución social, ya por desconocimiento de la teoría del socialismo científico, ya por considerar amenazados sus intereses de clase, llegan a la conclusión de que la clase obrera no debe organizarse de manera independiente, como clase. Por tanto, desdeñan y cuestionan la vigencia del partido revolucionario de la clase obrera, tratando de descalificar al Partido Comunista de Venezuela, jugando a su invisibilización, presionando por su liquidación.

          A este respecto la Tesis sobre el Partido de la Revolución, emanada del XIII Congreso Extraordinario del PCV, efectuado en marzo del 2007, en momentos en que se le proponía a nuestro partido su integración en el naciente Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), de carácter policlasista, lo que conllevaría a su liquidación, expresa lo siguiente:

“Al referirnos a la participación y protagonismo de las masas, tenemos que hacer un énfasis especial en el esfuerzo orgánico que nos corresponde cumplir con la clase obrera y demás sectores de trabajadores y trabajadoras. Si nos planteamos erradicar el capitalismo, debemos convertirnos en la organización política, en el interprete genuino de los intereses de la clase social que, por su posición en la estructura socioeconómica, no sólo resulta la más directamente afectada por la explotación capitalista y, por lo tanto, objetivamente la más interesada en la supresión de la esclavitud asalariada, sino además la que, con la consecución de esta última meta, libera al resto de la sociedad del régimen de explotación, pues, desprovista como está de los medios de producción, no aspira a conquistarlos para la explotación de otras clases sociales.”     

                Agrega de seguidas este documento: “… el partido de la revolución deberá ser por su contenido, por su política, por su composición, por su ideología, por los intereses que encarna, el partido de la clase obrera y de todo el pueblo trabajador. Por supuesto, a este partido también entrarán miembros de otras clases y capas de la sociedad, pero a condición de que al hacerlo asuman como propios los intereses que encarnará el partido, que deberán ser los de la clase obrera, si queremos ser consistentes con el objetivo programático de naturaleza estratégica que perseguimos: el socialismo.” 

“La definición precisa del contenido clasista del partido de la revolución es una necesidad histórica, y no está reñida con el carácter antiimperialista de la revolución bolivariana en la actualidad. Esta fase de nuestra revolución exige, efectivamente, una amplia alianza de clases… en torno a los objetivos de la liberación nacional. Aprovechar todas las contradicciones y divergencias que puedan existir entre sectores de la burguesía grande y pequeña, por un lado, y el imperialismo, por el otro, es una de las tareas primordiales de la alianza antiimperialista; pero esta alianza no debe producirse en el seno del partido de la revolución, especialmente cuando reconocemos que el rumbo de esta revolución apunta al socialismo”.

“El partido de la revolución socialista no podrá cumplir su objetivo histórico si se conforma bajo una concepción policlasista que, en definitiva, subordina al conjunto de las clases, capas y sectores sociales de carácter popular, a los intereses del bloque económico dominante en el seno de la respectiva organización. Las limitaciones de este tipo de partido son ampliamente conocidas en nuestra historia: se diluye el carácter revolucionario del partido, se subordinan los intereses anticapitalistas del pueblo trabajador a los intereses del capital sobre la base de reacomodos, concesiones y dadivas; se suplanta la lucha de clases como mecanismo de transformación por la conciliación de clases con la finalidad de estabilizar el sistema; se sustituye la revolución por la reforma; se desdibuja el horizonte histórico socialista y comunista, con el cual solo la clase obrera está orgánicamente vinculada.”

          De tal manera, nuestro partido fijaba posición y hacía aportes para el debate, entonces abierto, en torno al carácter del partido que necesita la revolución venezolana. En este XIII Congreso Extraordinario, el PCV reafirmó su condición de partido revolucionario de la clase obrera, sustentado en la teoría científica del marxismo-leninismo, tal y como lo asumió desde su fundación en 1931 y que, utilizando tal herramienta teórica y metodológica, diseña una línea política basada en la necesidad de resolver la contradicción principal del momento histórico, la que existe entre los intereses hegemónicos del imperialismo y los de la nación venezolana, y la contradicción fundamental e irreconciliable presente en la sociedad capitalista: entre el capital y el trabajo. De allí la necesidad de que la clase obrera, con su partido y su ideología revolucionaria, asuma la vanguardia en la lucha por la liberación nacional y el socialismo, en la perspectiva comunista.

 

Una línea política dialéctica: alianza antiimperialista y necesidad de una correlación de fuerzas bajo dirección de la clase obrera

Con base a la caracterización que hace nuestro Partido acerca del proceso revolucionario venezolano y, particularmente de su actual fase, hemos propuesto la necesidad de conformar un Frente Amplio Antiimperialista y Patriótico, que integre al conjunto de los factores políticos y sociales que coinciden en la necesidad de enfrentar y derrotar la dominación imperialista y conquistar nuestra plena liberación nacional.

Precisamente por ello, simultáneamente propugnamos la conformación de un Bloque Popular Revolucionario (BPR), necesariamente circunscrito a quienes nos proponemos la completa abolición del sistema de explotación y, por lo tanto, no puede incluir absolutamente a ninguna fracción burguesa ni a organización alguna que exprese sus intereses.

            Las y los comunistas luchamos para que el Bloque Popular Revolucionario sea liderado por la clase obrera, para que en el contexto de la agudización de la lucha de clases, éste pueda asumir consecuentemente la batalla social y política contra el dominio del capital, y por la instauración de un Estado democrático-popular revolucionario en que inicie la edificación del verdadero socialismo, con la clase obrera en condición de vanguardia. Construir un Bloque Popular Revolucionario es de crucial importancia para la clase obrera en su lucha por el poder, como lo afirmaba el camarada Antonio Gramsci en 1926, consecuente con el pensamiento leninista, de inobjetable actualidad para las y los comunistas venezolanos: "El proletariado puede convertirse en clase dirigente y dominante en la medida en que consigue crear un sistema de alianzas de clase que le permita movilizar contra el capitalismo y el Estado burgués a la mayoría de la población trabajadora".

 

* Pedro Eusse Corriente Clasista de Trabajadores “Cruz Villegas”

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