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La contribución de la Revolución de Octubre y de la Unión Soviética al movimiento obrero en Europa Occidental y más particularmente en Bélgica

 

Herwig Lerouge

 

La Revolución de Octubre y la creación de la Unión Soviética han sido por mucho los eventos más importantes del siglo 20. Y no solamente para el pueblo soviético, que pasó  en 40 años de la servidumbre, de una economía atrasada, de la miseria más negra, del analfabetismo, de la opresión colonial de minorías nacionales a un estado moderno, la segunda economía del mundo, el país con el mayor número de ingenieros y científicos, el primer país en poner un satélite en órbita, un país donde conviven 66 nacionalidades, un país que por si sólo fue capaz de detener  la máquina de guerra nazi mientras que los países capitalistas en Europa Occidental continental capitularon apenas después de unas cuantas semanas.

La Revolución de  Octubre y la creación de la Unión Soviética son por mucho los eventos más importantes del siglo 20 para las naciones colonizadas y explotadas por las grandes potencias imperialistas.

Pero también es difícil estimar la contribución de la Revolución de Octubre y de la Unión Soviética al movimiento obrero en Europa. La caída de la burguesía rusa en 1917 causó que la burguesía del mundo entero tomara conciencia de que la clase obrera estaba efectivamente en capacidad de vencerla, de derrocar al capitalismo y de instaurar un nuevo orden social.

En octubre de 1917, por primera vez en la historia de la humanidad, la clase obrera les quitó a los grandes propietarios territoriales y a los capitalistas las tierras, las fábricas, los medios de transporte, las redes de distribución, y los transformó en propiedad social. Por primera vez en la historia de la humanidad, la clase obrera se convirtió en clase dominante. Opuso ante el parlamentarismo burgués el poder socialista de los Soviets de obreros y de campesinos.

La Revolución de Octubre mostró  la eficacia de la vía revolucionaria y el carácter ilusorio del tránsito pacífico al socialismo mediante las elecciones, promovidas por la social-demócrata. En ningún otro lado, posteriormente, la social-demócrata ha podido probar lo contrario. Tan sólo hay que recordar el Chile de Allende.

Una reacción contradictoria

Muy pronto, el miedo al contagio revolucionario se apoderó de la burguesía europea. Su reacción fue contradictoria, dice el historiador comunista Kurt Gossweller1.

Por un lado, el miedo a la revolución suscita en ella la voluntad, no sólo de contener al movimiento obrero dentro de ciertos límites, sino también de erradicar y liquidar al movimiento obrero revolucionario y al Estado que lo apoya, la Unión Soviética. Esta evolución lleva, entre otros, a la intervención armada contra la Rusia soviética y a un “enriquecimiento”  del espectro político en ciertos países capitalistas, sobre todo en los vencidos en la Primera Guerra Mundial, por la creación de organizaciones y partidos cuyo objetivo principal era la erradicación del comunismo e incluso del movimiento obrero, esencialmente por medios violentos y terroristas: el fascismo.

Por otro lado, en 1917, la burguesía aprende sobre todo a apreciar, como defensa contra la revolución, al reformismo social-demócrata considerado hasta ese momento incapaz de gobernar, y la integra en su aparato de dominio y opresión. Los partidos social-demócratas ganaron de esta manera su derecho de participación en el esfuerzo de guerra de sus respectivas burguesías.

Dentro de las grandes potencias de Europa Occidental que salieron vencedoras después de la guerra, encabezadas por Francia y Gran Bretaña, las destrucciones y el costo de la guerra representaban para sus pueblos una gran carga. Hacer pagar a sus trabajadores habría conducido a un agravamiento extremo de los antagonismos de clase. Pero la burguesía de esos países podía hacer pagar una parte al rival alemán vencido y a sus colonias. Almacenaba en sus colonias ganancias mucho mayores a las que se podían obtener de la extorsión a los obreros en las metrópolis. Era posible retener de esta bonita suma una fracción para distribuirla generosamente a los dirigentes obreros con el propósito de corromperlos de una u otra forma. La burguesía prefirió esto por encima del riesgo de tratar de eliminar por la violencia un movimiento obrero bien organizado, revolucionario y vuelto más combativo siguiendo el ejemplo de la Revolución de Octubre y decidido a defender sus logros sociales.

Todo se vuelve posible

Desde 1918, la burguesía belga debió  conceder reformas sociales que había furiosamente rechazado hasta ese momento.

Al día siguiente del armisticio del 11 de noviembre de 1918, el Rey de los belgas, Alberto I, convocó  al Partido Liberal, al Partido Católico y al Partido Obrero Belga (POB), el ancestro del Partido Socialista, en el pueblo de Loppem (cerca de la ciudad belga de Gante), donde se encontraba entonces, para discutir las medidas a tomar para asegurar el orden una vez los soldados hubieran regresado. El pánico entre la burguesía era grande y se había incrementado después de la creación de consejos revolucionarios de soldados alemanes en Bruselas, a la imagen de los que se habían creado un poco por toda Alemania.

La reunión de Loppem decidió  hacer entrar a ministros socialistas al gobierno e instalar el sufragio universal para los hombres sin una revisión previa a la Constitución. El gran promotor de esta operación fue el mayor banquero de Bélgica, Émile Francqui, director de la poderosa Sociedad General y gran amigo de Emile Vandervelde, dirigente del POB y de la segunda internacional socialista. Hicieron falta 3 huelgas generales en 1893, 1902 y 1913, pero sobre todo la Revolución de Octubre para que los trabajadores, todavía no las trabajadoras, obtuvieran en 1919 por fin el pleno derecho a votar. Esa fue la primera manifestación concreta de ayuda que pudo aportar un Estado socialista, incluso aún no estable, al combate social de la clase obrera en los países capitalistas.

Tuvo que haber una nueva huelga general en 1919, pero sobre todo tuvo que darse la Revolución de Octubre y el miedo al contagio revolucionario, para que en 1921 fueran introducidas en Bélgica jornadas de 8 horas y la semana de 48 horas. Decenas de obreros, entre ellos los de Chicago, durante ese famoso 1 de mayo de 1886, ya habían caído a causa de las balas de la policía por esta reivindicación.

Incluso los libros de historia burgueses lo admitieron: en 1918, en Bélgica, la actitud de la burguesía estuvo determinada en una gran medida por el “miedo de ver al proletariado seguir de una forma o de otra el ejemplo ruso”.

En unas cuantas decenas de años, la revolución soviética garantizó el derecho al trabajo, a la enseñanza y a los cuidados a la salud gratuitos, el acceso al alquiler barato. Desde 1956 la jornada de 7 horas y la semana de 5 días fueron introducidos en la URSS. Allá se construyeron casas de reposo, de relajación y de vacaciones, así como una gran red de teatros y cines, de organizaciones artísticas y deportivas, de bibliotecas hasta en los pueblos  más pequeños y recónditos. El estado proveía los medios de educación artística de los niños. Todos los ciudadanos soviéticos se beneficiaban de una pensión, los hombres a los 60 años y las mujeres a los 55. Los trabajadores no conocían la amenaza del desempleo.

El poder socialista sentó las bases de la igualdad de los hombres y las mujeres. Liberó a las mujeres de numerosas responsabilidades en la vida familiar. Más de tres cuartas partes de la población obtenía al menos un diploma de la enseñanza secundaria. Aún en 1917 dos tercios de la población era analfabeta. Organizó la eclosión de las ciencias físicas, de las matemáticas, el primer vuelo del hombre al espacio. Los logros de la cultura socialista beneficiaban a grandes estratos de la población.

A pesar de la deformación de la propaganda anticomunista, estos éxitos fueron rápidamente conocidos en Europa Occidental, incluidos los medios sindicales. En el muy anti-comunista órgano oficial de la Comisión sindical del Partido Obrero Belga, “El movimiento sindical belga”, Berthe Labille, esposa de un ministro socialista, publicó un artículo sobre “La vida del obrero en la URSS”.

La mayor parte de los obreros toman su comida en la fábrica. Por todos lados han sido instalados comedores, donde se sirven comidas completas por una suma mínima. La fábrica interviene en caso de enfermedad, asegurando el tratamiento en una clínica y la convalecencia hasta la recuperación completa, en una casa de descanso. (...) La Unión Soviética cuenta actualmente con 8 millones de trabajadores, es decir, un tercio de la mano de obra total. En los koljoses, se estiman en 25 millones el número de mujeres ocupadas en los trabajos de campo. En este país, donde el desempleo no existe, (...) todas los oficios y profesiones son abiertos sin la menor reserva. La mitad de los médicos son mujeres (...) Uno se encuentra con mujeres a la cabeza de las comisarías de Gobierno; dirigen fábricas, instituciones oficiales, museos, etc”.

La Unión Soviética es el único país del mundo que otorga a la mujer una gran libertad de acción y que la coloca en un pie de igualdad absoluta con el hombre, en todos los dominios. Un trabajo igual da dercho a un salario igual

Numerosas medidas fueron tomadas para ofrecer a las trabajadoras embarazadas condiciones especiales de trabajo y una gran protección. Acudir a las consultas prenatales es obligatorio. Las futuras mamás reciben ahí  cuidados y consejos y son examinadas a domicilio durante el periodo de embarazo. En la fábrica, si la salud de la obrera lo exige, se le da licencia hasta el momento de dar a luz, sin pérdida de salario. Cuando el momento de dar a luz llega, la mujer es enviada a un salón de maternidad, con el costo a cargo del Estado.

La Ley sobre el seguro social ha instituido para las obreras un descanso de 2 meses antes del alumbramiento y 2 meses después; para las empleadas, 6 semanas antes y 6 semanas después. Durante todo este periodo, se paga el salario completo, con un incremento por la indemnización por el alumbramiento.

Cuando la madre retoma su trabajo, se acuerdan todas las facilidades para que repose y para que atienda a su hijo. Éste es cuidado en la guardería de la fábrica en condiciones muy ventajosas. La participación de la madre en la manuntención es mínima. Esta manuntención es apoyada casi totalmente por el arca para obras sociales de la fábrica.

La presencia de estas obras, agregada a los sanatorios, a las policlínicas, a los clubs, a los centros de cultura, libera a la trabajadora soviética de preocupaciones materiales. No tiene que resolver, con el salario que gana, los numerosos problemas de la enfermedad, de la invalidez, de la vejez, de la educación de los niños, porque esos servicios son gratuitos. No conocen todas esas preocupaciones que envenenan la existencia de sus  hermanas en los países capitalistas.

(...) Los trabajadores en la URSS tienen una actividad doméstica fuertemente reducida. La mayor parte toman su comida en la fábrica. Por otro lado, los “gastrónomos” proveen con comida completamente preparada, barata. Sólo hace falta calentarla. En ciertos bloques de habitaciones, se ha instalado una cocina central donde los locatarios pueden obtener todo lo que desean para su comida. No se puede dudar de esto: que en las circunstancias presentes, el bienestar del trabajador, de la trabajadora, no ha sido jamás perdido de vista.

El mismo periódico se regocijó  de la entrada de la URSS a la Conferencia Internacional del Trabajo en 1934. Se escribió que “para llevar a buen término el voto de una convención que tiende a introducir en todos los países la semana de trabajo de 40 horas, Rusia puede constituir un factor muy favorable”.

Toda la legislación social, su concepto mismo, ha sido influida a nivel internacional por la presencia de la URSS y la legislación social de ese país. Los otros países la han tenido que tomar en cuenta, haya sido de manera torcida o deformada. Que uno fantasee a la declaración universal de los derechos del hombre de las Naciones Unidas que ha debido ir más allá de la declaración emanada de la Revolución francesa y ha debido tomar en cuenta los derechos sociales y sindicales.

El miedo al socialismo condujo a la seguridad social

La seguridad social, que vio la luz del día en 1945, fue el punto final de una larga lucha por hacer pagar a los patrones los riesgos inherentes a su sistema. Para el trabajador, la vida bajo el capitalismo es incierta. Desde el nacimiento del capitalismo, los obreros han luchado por conservar un ingreso hasta que no pueden trabajar más, siendo víctimas del desempleo, de la enfermedad o de la edad. El capitalista no paga por el valor completo de lo que produce el trabajador, sino que el salario está  determinado por lo que el trabajador necesite para sobrevivir y para entretenerse a él y a su familia. Los ahorros que pueda constituir son de este modo mínimos o inexistentes. La seguridad social nació  de la autodefensa vital de los trabajadores.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en Bélgica, con la Ley decretada el 28 de diciembre de 1944, la seguridad social actual vio la luz del día. La novedad, era la obligación para el patrón de pagar una cotización fija, de manera de garantizar un seguro universal en materia de retiros, de seguro de enfermedad y de invalidez, de subsidio del desempleo, subsidios familiares y vacaciones para todos los asalariados. Hasta ese momento, los patrones no pagaban mas que por sus propios trabajadores. Una reivindicación anticipada en 1890 y durante la huelga general de 1936 encontró así su realización.

Los dirigentes social-demócratas belgas gustan de hacer creer que fue su partido y su dirigente Achille Van Acker quienes, en 1944, “arrancaron” la seguridad social. La verdad es que es de nuevo el miedo al contagio del socialismo que empujó  a la patronal a acordar esta reforma.

En 1944, la simpatía por el Partido Comunista de Bélgica (PCB) y la URSS era inmenso. El PCB era el único partido anterior a la guerra, no amarrado al nuevo orden, que se presentó  como tal a la población. Los partidos católicos y liberales habían desaparecido como partidos. El dirigente socialista De Man había entrado al servicio del ocupante y había disuelto el POB desde 1940.

En los primeros meses de ocupación, los comunistas organizaron huelgas. En mayo de 1941, el Partido llamó  a constituir el frente de la Independencia, gran movimiento unitario y popular de resistencia al enemigo. Dos mil comunistas dieron su vida en resistencia al fascismo.

Al fin de la guerra, la simpatía por el Partido y por la URSS era entonces inmenso. En Bélgica, el número de miembros del Partido Comunista pasó de los 12 mil miembros al momento de la liberación (en septiembre de 1944) a 103 mil en agosto de 1945.

La burguesía tenía prisa por tomar medidas para cortar la hierba bajo el pie de un levantamiento popular de inspiración comunista.

Robert Vandeputte era durante la Segunda Guerra Mundial presidente del Banco de Emisión (que trabajaba para los alemanes) y se volvería algunas décadas más tarde Ministro de Finanzas. De sus palabras “en 1944, los dirigentes empresariales estaban inquietos ante las tendencias revolucionarias. El comunismo se beneficiaba de un prestigio considerable. Temían, no sin razón, por las expropiaciones y las nacionalizaciones (...)”.

Para mantener al capitalismo en este momento crítico, la patronal tenía necesidad de personalidades socialistas que montaran la almena para ayudar a la reconstrucción. El dirigente social-demócrata Van Acker, antiguo sindicalista, que se había involucrado demasiado en la colaboración con el ocupante al lado del Presidente del Partido Obrero Belga, Henri De Man, piloteó la patronal belga a través de los años más difíciles de su historia.

Para la patronal, que en gran parte había trabajado para el ocupante, estaban en juego enormes intereses. Debía hacer consesiones pues tenía “el cuchillo sobre la garganta”. Había que evitar “lo peor”, es decir, un movimiento de masas revolucionario, apoyado por los partisanos e inspirado por la progresión del socialismo en Europa del Este.

Ya desde la guerra la burguesía había preparado un plan militar para este momento. Georges de Lovinfosse, agente enlace del gobierno en exilio en Londres y la Bélgica ocupada escribió: “La resistencia armada sobre la que queríamos mantener el control corría el riesgo de escapársenos... un levantamiento generalizado habría puesto a Bélgica bajo fuego y sangre... mi misión era... mantener en todo momento el control de la insurrección...”

“El problema crucial era el siguiente: ¿Quién debe entre la Liberación y el retorno de las autoridades belgas asumir el poder civil y militar?”

Pero se había elaborado también una estrategia de concesiones sociales en negociaciones clandestinas durante la guerra. A partir de 1942, una veintena de cuadros del sindicato cristiano belga CSC se reunieron a intervalos regulares bajo la dirección de su presidente August Cool.  Para Cool, “Los días que seguirán a la Liberación serán capitales. Es entonces que uno decidirá  si quiere vivir un nuevo periodo de agitación, de lucha de clases, de desconfianza entre trabajadores y empleadores, de división al interior de las fábricas y las empresas, o si uno prefiere la cooperación (...) Nosotros deseamos esta colaboración, debemos entonces echar a andar todo lo que está en nuestro poder para evitar los problemas, las huelgas, los conflictos”. En discusiones secretas, los patrones se habían asegurado la lealtad de negociadores socialistas y demócratas cristianos.

El profesor Deleeck, antiguo senador demócrata cristiano escribió a propósito de este periodo: “En Bélgica, el desarrollo institucional de la economía de concertación y de la seguridad social fue elaborada durante la guerra durante entrevistas clandestinas entre empleadores y dirigentes de los trabajadores de todas las tendencias ideológicas (...) Los trabajadores se comprometieron a aceptar la autoridad propia de los patrones en la empresa (es decir, a renunciar al principio de la nacionalización de las empresas) y a colaborar lealmente a la intensificación de la producción nacional”.

En el Pacto social de 1944, de común acuerdo, insertaron la frase crucial: “Los trabajadores respetan la autoridad legal de los jefes de las empresas y empeñan su honor para ejecutar su trabajo, fieles a su deber”. Un comentario parecido en un periódico bursátil confirma: “Este pasaje ilustra perfectamente a dónde querían llegar los padres de este pacto: crear una estructura que pudiera erigir una muralla contra la nacionalización, promovida por el comunismo creciente”.

El miedo de la burguesía era entonces muy real pero en parte no bien fundamentado. En su alianza, justa, con la burguesía patriótica durante la guerra, el PCB había al mismo tiempo abandonado su programa autónomo. Se había limitado al respeto del programa del Frente de la Independencia (FI) donde la burguesía había hecho inscribir “el respeto de las libertades constitucionales”  (punto 6 del programa), es decir, de mantener al Estado burgués, al orden burgués. No buscó elevar las aspiraciones de los miembros de la resistencia más allá del objetivo de “cazar al ocupante”. Sin embargo, el pueblo no se batía solamente para botar al ocupante sino también para que se estableciera, después de esos años de horror, una sociedad justa y fraternal.

El PCB no tenía otra perspectiva para después de la guerra que la de cosechar las migajas del poder por la participación en el gobierno. Al siguiente día de la Liberación, el Frente de la independencia llamó a la restructuración del Estado, de sus instituciones, de sus “libertades constitucionales”. Llamó a la dirección del país al gobierno belga anterior a la guerra, refugiado en Londres, ese mismo gobierno que estuvo tan preocupado por proteger a los fascistas belgas y por aprisionar a los comunistas.

El programa del F.I. aprobado por el PCB, preveía incluso la liquidación de la Resistencia mediante su incorporación en la armada legal belga bajo pretexto de que aunque la guerra no había terminado, todo mundo sabía que su fin era próximo e inevitable. Por eso, había que desarmar a la Resistencia.

El miedo a la URSS, el poder de los partidos comunistas en ciertos países europeos, su influencia directa e indirecta sobre el sindicalismo, atenuaron las resistencias de las burguesías de Europa Occidental al progreso social. Se puede juzgar comparando las tasas de retención obligatorias (con respecto al PIB) de los países europeos respecto a las de Estados Unidos o las de Japón.

Las nacionalizaciones estaban igualmente al oden del día. A la Liberación en Francia, por ejemplo, De Gaulle nacionalizó en masa: las minas del Norte-Paso de Calais, Renault, Air France, el sector energético, la navegación, 4 grandes bancos, cajas de ahorros y 34 compañías aseguradoras. Eso produjo, en los países capitalistas, una alza de gastos públicos respecto al total de gastos nacionales.

Parte del gasto público en el producto nacional bruto de los Estados Unidos (en %)

1913

7.1

1955

27.8

1929

8.1

1960

28.1

1940

12.4

1965

30.0

1950

24.6

1970

33.2

Parte del gasto público (comprendido el seguro social) en el producto social neto de Alemania, a saber, la República Federal Alemana (en %)

1913

15.7

1959

39.5

1928

27.6

1961

40.0

1950

37.5

1969

42.5

Hasta los años 80´s,los dirigentes sindicales alemanes del oeste, entre ellos el casi mítico presidente de la IG-Metall, Otto Brenner, tenían la percepción de que “durante las negociaciones con la patronal, un socio invisible pero sensible estaba siempre presente en la mesa, la RDA (República Democrática Alemana, Alemania Oriental Socialista)”.

Un sindicalista alemán escribió  “yo no era ciertamente un seguidor de la RDA. Pero había en esa época, durante las negociaciones con la patronal una cierta presión. Había  en la época algunos logros en la RDA: pago del salario en caso de enfermedad de los niños, ampliación de días de asueto pagados, la jornada mensual libre y pagada para las mujeres, las reglas en materia de protección de las madres y los niños, la protección total contra el licenciamiento, el pago de horas suplementarias, todo eso tenía un efecto indirecto durante las negociaciones colectivas en la República Federal”.

La prueba por la negativa

La Revolución de Octubre y la creación de la Unión Soviética, y no la participación de los partidos socialistas en el poder, han sido los eventos más importantes del siglo 20 para los trabajadores de toda Europa. Esto se demuestra también por la negativa.

Ahora que la presión política del socialismo ha desaparecido, se ha vuelto casi imposible para el movimiento sindical obtener más progresos. En los Países Bajos, en la ocasión de la adopción de una ley sobre las enfermedades y la invalidez mucho más restrictiva que la de los años 90´s, el periódico NRC-Handelsblad, publicó este título revelador: “Si Stalin viviera aún, o eventualmente Brejnev, nuestra nueva legislación no habría pasado”.

El filósofo y profesor gantés Fernand Vandamme va en el mismo sentido: “Debemos instaurar un gran sistema de seguridad social pues sin ésta, podríamos tal vez convertirnos en comunistas. Ahora que esa presión cayó, podría parecer atractivo para algunos el introducir por todos lados un sistema a la americana”.

La competencia de nuevo entre socialismo y capitalismo, que empuja los logros sociales hacia el alza, ha cedido su lugar a una espiral sin fin hacia la baja. 54 países son actualmente más pobres que en 1990. De entre éstos, 17 se encuentran en Europa del Este y en la antigua Unión Soviética.

Después de la destrucción de una gran parte de la industria, toda Europa del Este se ha convertido en una reserva de mano de obra bien formada y barata, puesta en competencia con los trabajadores de Europa Occidental.

Desde la desaparición de la URSS, el movimiento obrero en Europa no ha tenido más que retrocesos, y eso a pesar e incluso a causa de la participación prácticamente ininterrumpida de los partidos social-demócratas en el poder.

Desde 1989, el famoso modelo Rhenan dice “la economía del mercado social” no ha producido ninguna ventaja social. Nuestros niños serán la primera generación desde los años 90´s cuya protección social será menor que la de sus padres. La jornada de 8 horas, la semana de 5 días y el empleo estable no son más que recuerdos. La mitad de los jóvenes en Bélgica comienzan su desempeño profesional con empleos a tiempo parcial. Los empleos de interinatos, precarios, crecen como hongos venenosos. En ciertos países incluso ricos como Alemania, hay que trabajar actualmente hasta los 67 años para  tener derecho a una pensión de retiro completa. Entre tanto, millones de jóvenes no encuentran trabajo decente y no pueden instalarse y formar una familia. Muy pronto será imposible sobrevivir sin pensión privada complementaria, de ir a curarse al hospital sin un seguro privado complementario.. Pero estas pensiones y seguros privados son un lujo inaccesible para una gran parte de los trabajadores.

Los dirigentes europeos desean, a través de su agenda de Lisboa 2020, reforzar la famosa flexi-seguridad. Sus planes preven el desmantelamiento de una gran parte de las conquistas sociales en materia de contrato de trabajo, del derecho al pre-aviso.

Los servicios públicos de la energía, del transporte, del correo, de la distribución del agua, están siendo desmantelados y quedando liberados a las multinacionales. En lugar de asegurar los servicios básicos para la población, no aseguran más que dividendos indecentes a los accionarios de Suez, de Veolia y otros. Al mismo tiempo los pobres, incluso con un empleo, deben mendigar cheques de energía para poder alumbrarse y calentarse.

Desde la desaparicion de la URSS, 10% del producto nacional bruto de Bélgica, 10% de todas las riquezas utilizadas previamente para la seguridad social y los servicios públicos, han pasado de los fondos colectivos de la seguridad a los cofres de los detentores del capital.

Y después de 10 años, el mundo capitalista se ha hundido en una nueva crisis, la más grave desde los años 1930´s. La riqueza mundial ha disminuido. El desempleo, en la mayor parte de los países, ha aumentado en más de la mitad. Para la Unión Europea, ha habido 5 millones más de desempleados.

En su polémica con la oposición troskista, Stalin decía durante el 7o Pleno ampliado del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista: “¿Qué pasaría si el capitalismo llegara a aplastar la República de los soviets? Eso instauraría una era de reacción extrema en todos los países capitalistas y coloniales. La clase obrera y los pueblos oprimidos serían tomados del pescuezo, las posiciones del comunismo internacional se habrían perdido”.

Estas palabras se verifican actualmente.

Después de la desaparición de la URSS, a la cual contribuyeron fuertemente, los socialistas europeos no se ha vuelto a obtener un centímetro de progreso social. Todo esto reduce a un estado de fábula el argumento de que los logros sociales del siglo 20 son de su haber. Si su política hubiera prevalecido,no habría habido jamás una Unión Soviética, y la burguesía habría podido dormir sobre sus laureles durante más tiempo aún.

Desde el comienzo de la Revolución de Octubre los dirigentes social-demócratas, y entre ellos los dirigentes del Partido Obrero Belga, estuvieron a la vanguardia del combate contra el nuevo estado socialista. En mayo y junio de 1917, en plena revolución democrática rusa, los jefes del POB Vandervelde, De Brouckére y De Man fueron al frente ruso para incitar a los obreros y campesinos rusos a continuar la guerra contra los alemanes al lado de los franceses, ingleses y belgas. De Brouckére y su colega De Man incluso aconsejaron a los responsables rusos para lanzar la ametralladora sobre soldados del séptimo cuerpo siberiano que se amotinaban.

Cuando en diciembre de 1917, una coalición internacional dirigida por Francia e Inglaterra invadieron Rusia y provocaron una guerra civil sangrienta al lado de los contra-revolucionarios dirigidos por los antiguos oficiales zaristas, los dirigentes del POB se encontraban del lado de la contra-revolución. Durante toda la guerra civil, el periódico del POB, El Pueblo, condujo una campaña violenta contra la Revolución de Octubre y las otras revoluciones en Europa. En diciembre de 1918, escribió que “un éxito de los espartaquistas en Alemania necesitaba una intervención de las tropas anglo-francesas”. En mayo de 1919, apoyó la intervención extranjera contra el poder soviético.

Los nuevos socialistas

Pero he ahí que aparecen “nuevos socialistas” que rescatan esta fábula de la basura de la historia. Defienden el reformismo de los “antiguos socialistas” contra los neoliberales de la social-democracia del tipo Schröder, Blair. En Alemania, Gregor Gysi, el dirigente del Partido “Die Linke”  es uno de éstos. En agosto de 1999, publicó “12 tesis por una política del socialismo moderno”.

Ahí habla de “la era social-demócrata”  y su grandes conquistas: “el desarrollo de la productividad, la innovación y la elevación cultural de grandes estratos de la población en el curso de los últimos 50 años obtenidos, entre otros, gracias a la gran influencia de la social-demócrata” (Tesis 2).

En una crítica mordaz de estas tesis, el historiador comunista alemán Kurt Gossweller revira: “El aumento de la productividad y la innovación no tienen nada que ver con la social-democracia. A lo largo de esta era llamada social-demócrata, los Estados Unidos estaban al frente de estas evoluciones”. “De hecho, si se toma como criterio la segunda mitad del siglo 20, la SPD (social-demócratas) estuvo en el gobierno sólo 16 años y dirigió el gobierno por 13 años. Durante 37 años, fue la CDU (cristiano-demócratas) quienes dirigieron el barco. La situación en los los otros países de Europa Occidental fue similar”.

Gysi describe este periodo como “una larga fase de prosperidad, de empleo total, del desarrollo del poder de compra ligado al aumento de la productividad, de prestaciones sociales ligadas al desarrollo de ingresos del empleo, sin poder vencer, sin embargo, totalmente la pobreza. La participación de la población avanzaba: co-gestión en las empresas. Se crearon instituciones que defendían los intereses de los trabajadores y reemplazaban en parte el principio del capital por el de la participación social. Todo ellos gracias, primero, a los sindicatos, después a la social-democracia y a los movimientos socialistas, y finalmente, a la competencia con el socialismo del Estado”.

Gossweller se sorprende de que Gysi mencione la presión de los países socialistas al final. “Es extraño: todas las instituciones a las que Gysi atribuye los progresos sociales existen aún. Lo que es más, la social-democracia dirigió el gobierno en los primeros años del siglo 21, no con la derecha, ¡sino con los verdes! Pero después de la fecha exacta del fin de la “competencia con el socialismo de Estado”, estas instituciones no han logrado realizar nada en beneficio de los trabajadores. No han podido incluso evitar el movimiento en un sentido contrario a aquel de la época de la competencia. No vemos más que un retroceso y esto se agravó bajo Schröder. No hablo incluso de la última conquista de la social-democracia: el regreso de Alemania como potencia que participa en guerras”.

Y uno se sorprende con Gossweller del hecho de que Gysi, que admira tanto los logros de la antigua social-democracia, “no cante más alabanzas a reformas tales como la reforma agraria que dio la tierra de la RDA a aquellos que la trabajaban, o la colectivización de medios de producción por la expropiación de grandes bancos e industrias, el logro de la igualdad de derechos de las mujeres, la generalización de la enseñanza, de los cuidados a la salud gratuitos, del derecho al trabajo. Estos son logros que ningún partido social-demócrata realizó. Existían en la República Democrática Alemana (RDA). Para los nuevos socialistas a la Gysi, únicamente la social-democracia tiene derecho al respeto. En cuanto a los logros realmente históricos de la RDA, hay que, según las palabras de Gysi en el Congreso de Berlín del PDS en enero de 1999 ”poner al día sin miramientos y de forma crítica los rendimientos que han existido en la RDA.” ¿Qué podemos concluir? Los nuevos socialistas no aprecian ni defienden más que las reformas que no tocan al capitalismo. Aquellas que ejecutan los fundamentos del capitalismo no son dignos más que de críticas “sin miramientos””.

El legado de la Revolución de Octubre

No, la liquidación de los Estados socialistas no fue un “avance a la libertad”, ¡fue un proceso contra-revolucionario que se dió en razón de los logros sociales y humanos de los pueblos del Este!

Actualmente. El debate entre los que se reivindican en la herencia de la Revolución de Octubre y los seguidores de una nueva variante de la social-democracia es el orden del día. En la clase obrera, la social-democracia tradicional es cada vez más discreta. Algunos quieren tomar su lugar al hablar de un “socialismo moderno”, donde no será necesario socializar los medios de producción. Prometen, sin querer tocar las bases económicas del sistema, “una alternativa progresista”, “la paz”, “la justicia social”,  “un desarrollo durable” que todos nosotros deseamos de nuestros votos.

La crisis múltiple en la cual se encuentra el capitalismo ofrece sin embargo oportunidades y posibilidades para poner de nuevo al socialismo en el centro del debate político. Es lo que debe admitir Joseph Stiglitz quien renunció, en su tiempo, de su puesto de economista en jefe del Banco Mundial: “El combate por las ideas para saber qué sistema económico es el mejor para la gente es una herencia de la crisis actual. En ninguna parte, este combate es más acalorado que en el tercer mundo, en Asia, América Latina y África, donde vive el 80% de la humanidad. Ahí, la lucha de ideas entre el capitalismo y el socialismo causa furia. (...) Después de la caída del muro, los países comunistas de Europa del Este reemplazaron a Karl Marx por Milton Friedman. La nueva religión no les ha aportado ninguna salvación. Muchos países pueden llegar a la conclusión de que no solamente el capitalismo de libertad a la americana se ha liquidado por un fracaso, sino también que el concepto mismo de la economía de mercado no funciona”.

Siendo los tiempos de la crisis más feroz de los últimos 70 años, hay que decirlo claramente: la economía de mercado, el capitalismo, no funciona. No se puede crear una versión sin crisis, sin desempleo, sin guerras. Sólo se puede reemplazar a través de una revolución socialista, el socialismo de los grandes medios de producción, el poder político de los trabajadores, la democracia para la gran mayoría.

El siglo 20 habrá sido el siglo de la repetición general de la revolución socialista mundial. La experiencia tanto positiva como negativa permite a todas las fuerzas anticapitalistas tener una mejor compresión de la justicia histórica a principios de la Revolución de Octubre. En efecto, en el transcurso de la primera mitad del siglo 20, la fidelidad a los principios marxistas-leninistas ha aportado victorias a las fuerzas revolucionarias en el mundo entero; en el curso de la segunda mitad de ese siglo, su liquidación progresiva por el revisionismo ha provocado desafíos azotadores a nivel mundial.

 

Herwig Lerouge, redactor en jefe de Estudios Marxistas y miembro del Consejo Nacional del Partido de Trabajo de Bélgica.

Études marxistes no 67-68, Kurt Gossweiler, Hitler : L’irrésistible ascension ? chapitre 5, « Origines et variantes du fascisme », Ediciones Aden, Bruxelles, 2006.

2               J. Bartier, La politique intérieure belge (1914-1940), Bruxelles, 1953, t. 4, p. 47. Citado en Claude Renard, Octobre 1917 et le mouvement ouvrier belge, 1967, Ediciones de la Fondation Jacquemotte, Bruxelles, p. 63.

3 Le mouvement syndical belge, no 5 del 25 mayo 1936.

4 Idem, no 10 del 20 octubre 1934.

5 Trends, 14 octubre 1993, p. 172.

6               Georges de Lovinfosse, Au service de Leurs Majestés : Histoire secrète des Belges à Londres, Byblos, 1974, p. 186-187 et 196.

7               Peter Franssen et Ludo Martens, L’argent du PSC-CVP, Ediciones EPO, p. 29-30.

8               Herman Deleeck, De architectuur van de welvaartstaat, ACCO, 2001, p. 2. Citado en Carl Cauwenbergh, « La sécurité sociale n’est pas une conquête de la social-démocratie », Études marxistes no 27, 1995, p. 15.

9               Projet de convention de solidarité sociale, 28 abril 1944.

10 Financieel Economische Tijd, 19 octobre 1993.

11             US Department of Commerce, Long Term Economic Growth, Statistical Abstract of the United States 1971. Elemente einer materialistischen Staatstheorie, Frankfurt 1973.

12             http://www.prignitzer.de/nachrichten/mecklenburg-vorpommern/artikeldetail/article/111/der-anfang-vom-ende-der-ddr.html.

13             http://www.wer-weiss-was.de/theme75/article3238793.html.

14 De Morgen, 4 septembre 1993. Citado en Carl Cauwenbergh, « La sécurité sociale n’est pas une conquête de la social-démocratie », Études marxistes no 27, 1995, p. 17.

15             Datos de las ediciones  2003 y 2006 de los Reportes de Desarrollo Humano de Naciones Unidas .

16             J. V. Staline, Intervención en el 7e Pleno aumentado del Comité ejecutivo de la Internacional comunista, otoño   de 1926.

17             Émile Vandervelde, La Belgique envahie et le socialisme international, Berger-Levrault, Paris 1917.

18             http://www.glasnost.de/pol/gysiblair.html, août 1999.

19             Kurt Gossweiler, « Der “Moderne Sozialismus” — Gedanken zu 12 Thesen Gysis und Seiner Denkwerkstatt », http://www.kurt-gossweiler.de/artikel/gysi12t.pdf.

20             http://www.ihavenet.com/economy/Stiglitz-Will-Capitalism-Survive-The-Wall-Street-Apocalypse.html, cité dans « La crise, les restrictions et les germes du changement », Resolución del Consejo Nacional del PTB, 15 marzo 2010,  http://www.ptb.be/fileadmin/users/nationaal/download/2010/03/crise.pdf.



La contribution de la révolution d’Octobre et de l’Union soviétique au mouvement ouvrier en Europe occidentale et plus particulièrement en Belgique

 

Herwig Lerouge

 

La révolution d’Octobre et la création de l’Union soviétique ont été de loin les événements les plus importants du 20e siècle. Le peuple soviétique est passé en quarante ans du servage, d’une économie arriérée, de la misère la plus noire, de l’analphabétisme, de l’oppression coloniale des minorités nationales, à un État moderne, la deuxième économie du monde, le pays avec le plus grand nombre d’ingénieurs et de scientifiques, le premier pays à mettre un satellite sur orbite, un pays où vivaient ensemble soixante-six nationalités, un pays qui seul a été capable d’arrêter la machine de guerre nazie alors que les pays capitalistes en Europe occidentale continentale ont capitulé après quelques semaines à peine. Mais ces événements n’ont pas été importants que pour le peuple soviétique.

La révolution d’Octobre et la création de l’Union soviétique ont été de loin les événements les plus importants du 20e siècle pour les nations colonisées et exploitées par les grandes puissances impérialistes.

Il est difficile aussi de surestimer la contribution de la révolution d’Octobre et de l’Union soviétique au mouvement ouvrier en Europe. Le renversement de la bourgeoisie russe en 1917 a fait prendre conscience à la bourgeoisie du monde entier que la classe ouvrière était effectivement en mesure de la vaincre, de renverser le capitalisme et d’instaurer un nouvel ordre social. En octobre 1917, pour la première fois dans l’histoire de l’humanité, la classe ouvrière a enlevé aux grands propriétaires fonciers et aux capitalistes les terres, les usines, les moyens de transport, les réseaux de distribution et elle les a transformés en propriété sociale. Pour la première fois dans l’histoire de l’humanité, la classe ouvrière est devenue classe dominante. Elle a opposé au parlementarisme bourgeois le pouvoir socialiste des Soviets d’ouvriers et de paysans.

La révolution d’Octobre a montré l’efficacité de la voie révolutionnaire et le caractère illusoire du passage pacifique au socialisme par les élections, prôné par la social-démocratie. Nulle part ailleurs, depuis, la social-démocratie n’a pu prouver le contraire. Qu’il suffise de se rappeler le Chili d’Allende.

Une réaction contradictoire

Tout de suite, la peur de la contagion révolutionnaire a gagné la bourgeoisie européenne. Sa réaction a été contradictoire, dit l’historien communiste allemand Kurt Gossweiler[i].

D’une part, la crainte de la révolution a suscité chez elle la volonté, non seulement de contenir le mouvement ouvrier à l’intérieur de certaines limites, mais aussi d’éradiquer et de liquider le mouvement ouvrier révolutionnaire et l’État qui le soutenait, l’Union soviétique. Cette évolution a mené, entre autres, à l’intervention armée contre la Russie soviétique et à un « enrichissement » du spectre politique dans certains pays capitalistes, surtout chez les vaincus de la Première Guerre mondiale, par la création d’organisations et de partis dont le but principal était l’éradication du communisme et même du mouvement ouvrier, essentiellement par des moyens violents et terroristes : le fascisme.

D’autre part, en 1917, elle a appris surtout à apprécier, comme rempart contre la révolution, le réformisme social-démocrate considéré jusque-là comme inapte à gouverner et elle l’a intégré dans son appareil de domination et d’oppression. Les partis sociaux-démocrates avaient gagné leurs galons dans la participation à l’effort de guerre de leurs bourgeoisies respectives.

Dans les grandes puissances d’Europe occidentale sorties vainqueurs de la guerre, avec à leur tête la Grande-Bretagne et la France, les destructions et le coût de la guerre représentaient pour les peuples une lourde charge. La faire porter à ses travailleurs aurait conduit à une aggravation extrême des antagonismes de classe. Mais la bourgeoisie de ces pays pouvait en faire porter une partie par le rival allemand vaincu et par ses colonies. Elle engrangeait dans ces colonies des profits bien supérieurs à ceux qu’elle pouvait tirer de la spoliation des ouvriers dans les métropoles. Il était possible de prélever sur cette jolie somme une fraction pour la distribuer généreusement aux dirigeants ouvriers dans le but de les corrompre de l’une ou de l’autre façon. La bourgeoisie a choisi cela plutôt que de se risquer à tenter d’éliminer par la violence un mouvement ouvrier bien organisé, révolutionnarisé et rendu plus combatif par l’exemple de la révolution d’Octobre et décidé à défendre ses acquis sociaux.

Tout devient possible

Dès 1918, la bourgeoisie belge a dû concéder des réformes sociales qu’elle avait farouchement refusées jusque-là. Le lendemain de l’armistice du 11 novembre 1918, le roi des Belges, Albert Ier, a convoqué le Parti libéral, le Parti catholique et le Parti ouvrier belge (POB), l’ancêtre du Parti socialiste, au village de Loppem (près de la ville belge de Gand) où il se trouvait alors, pour discuter des mesures à prendre en vue d’assurer l’ordre une fois les soldats démobilisés. La panique parmi les bourgeois était grande et elle s’était encore accrue suite à la création de conseils révolutionnaires de soldats allemands à Bruxelles, à l’image de ceux qui se créaient un peu partout en Allemagne.

À la réunion de Loppem, on a décidé de faire entrer deux ministres socialistes au gouvernement et d’instaurer le suffrage universel pour les hommes sans révision préalable de la Constitution. Le promoteur de cette opération était le plus grand banquier de Belgique, Émile Francqui, le directeur de la toute puissante Société Générale et grand ami d’Émile Vandervelde, dirigeant du POB et de la 2e Internationale socialiste. Il a fallu trois grèves générales en 1893, 1902 et 1913, mais surtout la révolution d’Octobre pour que les travailleurs — pas encore les travailleuses — obtiennent en 1919 enfin le plein droit de voter. Cela a été la première manifestation concrète de l’aide que pouvait apporter un État socialiste, même pas encore stable, au combat social de la classe ouvrière dans les pays capitalistes.

Il a fallu une nouvelle grève générale en 1919, mais surtout la révolution d’Octobre et la peur de la contagion révolutionnaire pour qu’en 1921 soient introduites en Belgique la journée des 8 heures et la semaine des 48 heures. Des dizaines d’ouvriers, dont ceux de Chicago, lors de ce fameux 1er mai de 1886, étaient déjà tombés sous les balles de la police pour cette revendication. Même les livres d’histoire bourgeois l’admettent : en 1918, en Belgique, l’attitude de la bourgeoisie était déterminée dans une large mesure par la « crainte de voir le prolétariat suivre d’une façon ou d’une autre l’exemple russe[ii]. »

En quelques dizaines d’années, la révolution soviétique a garanti le droit au travail, à l’enseignement et aux soins de santé gratuits, l’accès au logement bon marché. Dès 1956, la journée de 7 heures et la semaine de cinq jours ont été introduites en U.R.S.S. On y a construit des maisons de repos, de détente et de vacances ainsi qu’un large réseau de théâtres et cinémas, d’organisations artistiques et sportives, de bibliothèques jusque dans le plus petit village reculé. L’État fournissait les moyens de l’éducation artistique dès l’enfance. Tous les citoyens soviétiques bénéficiaient d’une retraite, les hommes à 60 ans et les femmes à 55. Les travailleurs ne connaissaient pas la menace du chômage. Le pouvoir socialiste a jeté les bases de l’égalité des hommes et de femmes. Il a libéré les femmes de nombreuses responsabilités dans la vie familiale. Plus de trois quarts de la population obtenaient au moins un diplôme de l’enseignement secondaire. Encore en 1917, deux tiers de la population étaient analphabètes. Il a organisé l’éclosion des sciences physiques, des mathématiques, le premier vol de l’homme dans l’espace. Les acquis de la culture socialiste profitaient à de très larges couches de la population.

Malgré la déformation par la propagande anticommuniste, ces réalisations ont été rapidement connues en Europe occidentale, y compris dans les milieux syndicaux. Dans le très anticommuniste organe officiel de la Commission syndicale du Parti ouvrier belge, Le mouvement syndical belge, Berthe Labille, l’épouse d’un ministre socialiste, publie un article sur « La vie de l’ouvrière en U.R.S.S. »

« La plupart des ouvriers prennent leurs repas à l’usine. Partout, des réfectoires ont été installés, où sont servis des repas complets pour une somme minime. L’usine intervient en cas de maladie, assurant le traitement dans une clinique et la convalescence jusqu’à guérison complète, dans une maison de repos. […] L’Union soviétique compte actuellement 8 millions de travailleuses, soit 1/3 de la main-d’œuvre totale. Dans les kolkhozes, on estime à 25 millions le nombre des femmes occupées aux travaux des champs. Dans ce pays, où le chômage n’existe pas, […] toutes les carrières leur sont ouvertes sans la moindre réserve. La moitié des médecins sont des femmes. […] On rencontre les femmes à la tête des commissariats du gouvernement ; elles dirigent des usines, des institutions officielles, des musées, etc.

L’Union soviétique est le seul pays au monde qui laisse à la femme une aussi grande liberté d’action et qui la place sur un pied d’égalité absolue avec l’homme, dans tous les domaines. Un travail égal donne droit à un salaire égal.

De nombreuses mesures ont été prises pour offrir aux travailleuses enceintes des conditions spéciales de travail et une protection très large. La fréquentation des consultations prénatales est obligatoire. Les futures mères y reçoivent des soins et des conseils et sont surveillées à domicile pendant toute la durée de la grossesse. À l’usine, si la santé de l’ouvrière l’exige, celle-ci est déplacée jusqu’au moment de son accouchement, sans perte de salaire. Quand le moment des couches est arrivé, la femme est envoyée dans une maternité, aux frais de l’État. La loi sur les assurances sociales a institué pour les ouvrières, un repos de 2 mois avant l’accouchement et de 2 mois après ; pour les employées, 6 semaines avant et 6 semaines après. Pendant toute cette période, le salaire plein est payé avec par surcroît une indemnité de naissance. Dès que la mère reprend son travail, toutes les facilités lui sont accordées pour se reposer et pour allaiter son enfant. Celui-ci est gardé à la crèche de l’usine dans des conditions très avantageuses. La participation de la mère aux frais est minime. Ces frais sont supportés presque totalement par la caisse des œuvres sociales de l’usine.

La présence de ces œuvres, ajoutées aux sanatoriums, aux polycliniques, aux clubs, aux centres de culture, enlève à la travailleuse soviétique bien des soucis matériels. Elle n’a pas à résoudre, avec le salaire qu’elle gagne, les nombreux problèmes de la maladie, de l’invalidité, de la vieillesse, de l’éducation des enfants, puisque ces services sont gratuits. Elle ne connaît pas tous ces tracas qui empoisonnent l’existence de ses sœurs dans les pays capitalistes.

[…] Les travailleuses en U. R. S. S. ont une activité ménagère fort réduite. La plupart prennent leurs repas à l’usine. Par ailleurs, les gastronoms fournissent des repas tout préparés, à bon compte. Il suffit alors de les réchauffer. Dans certains blocs d’habitations, on a installé une cuisine centrale où les locataires peuvent obtenir tout ce qu’ils désirent pour leurs repas. On ne peut douter de ceci : que dans les circonstances présentes, le bien-être du travailleur — de la travailleuse — n’a jamais été perdu de vue[iii]. »

Le même journal s’est réjoui de l’entrée de l’U.R.S.S. à la Conférence internationale du Travail en 1934. Il pense que « pour aboutir au vote d’une convention tendant à introduire dans tous les pays la semaine de travail de quarante heures, la Russie pourrait constituer un facteur très favorable[iv]. »

Toute la législation sociale, son concept même, a été influencée au niveau international par la présence de l’U.R.S.S. et la législation sociale de ce pays. Les autres pays ont dû en tenir compte, ne serait-ce que de manière biaisée ou déformée. Que l’on songe à la Déclaration universelle des droits de l’homme des Nations Unies qui a dû aller au-delà de la déclaration issue de la Révolution française et a dû tenir compte des droits sociaux et syndicaux.

La peur du socialisme conduit à la sécurité sociale

La sécurité sociale, telle qu’elle a vu le jour en 1945 a été le point final d’une longue lutte pour faire payer aux patrons les risques inhérents à leur système. Pour le travailleur, la vie sous le capitalisme est incertaine. Dès la naissance du capitalisme, des ouvriers ont donc lutté pour conserver un revenu lorsqu’ils ne pouvaient plus travailler, étaient victimes du chômage, de la maladie ou de l’âge. Le capitaliste ne paie pas la valeur complète de ce que produit le travailleur, mais le salaire est déterminé par ce dont le travailleur a besoin pour survivre et s’entretenir lui-même et sa famille. Les réserves qu’il peut constituer sont de ce fait minimes ou inexistantes. La sécurité sociale est née de l’autodéfense vitale des travailleurs.

Après la Seconde Guerre mondiale, en Belgique, avec la loi-décret du 28 décembre 1944, la sécurité sociale actuelle a vu le jour. La nouveauté, c’était l’obligation pour le patronat de payer une cotisation fixe, de manière à garantir une assurance universelle en matière de retraites, d’assurance maladie et invalidité, d’allocations de chômage, d’allocations familiales et de vacances pour tous les salariés. Jusque-là, les patrons ne payaient que pour leurs propres travailleurs. Une revendication avancée en 1890 et lors de la grève générale de 1936 trouvait ainsi sa réalisation.

Les dirigeants sociaux-démocrates belges aiment faire croire que c’est leur parti et son dirigeant Achille Van Acker qui, en 1944, ont « arraché » la sécurité sociale. La vérité est que c’est encore la crainte de la contagion du socialisme qui a poussé le patronat à accorder cette réforme.

En 1944, la sympathie pour le Parti communiste de Belgique (PCB) et l’U.R.S.S. était immense. Le PCB avait été le seul parti d’avant-guerre, non rallié à l’ordre nouveau, à se présenter comme tel à la population. Les partis catholique et libéral avaient disparu en tant que partis. Le dirigeant socialiste De Man s’était mis au service de l’occupant et avait dissous le POB en 1940.. Dès les premiers mois de l’Occupation, les communistes organisent des grèves. En mai 1941, le Parti appelle à constituer le Front de l’Indépendance, large mouvement unitaire et populaire de résistance à l’ennemi. Deux mille communistes ont donné leur vie en résistant au fascisme. À la fin de la guerre, la sympathie pour le Parti et pour l’U.R.S.S. était donc immense. En Belgique, le nombre de membres du Parti communiste était passé de 12 000 membres à la Libération (en septembre 1944) à 103 000 en août 1945.

La bourgeoisie avait hâte de prendre des mesures pour couper l’herbe sous le pied d’un soulèvement populaire d’inspiration communiste. Robert Vandeputte était pendant la Deuxième Guerre mondiale président de la Banque d’émission (qui travaillait pour les Allemands) et deviendra quelques décennies plus tard ministre des Finances. Pour lui « en 1944, les dirigeants d’entreprise étaient inquiets face aux tendances révolutionnaires. Le communisme bénéficiait d’un prestige considérable. Ils craignaient, non sans raison, des expropriations et des nationalisations. […][v] »

Pour maintenir le capitalisme en ce moment critique, le patronat avait besoin de personnalités socialistes qui monteraient au créneau pour plaider la reconstruction. Le dirigeant social-démocrate Van Acker, ancien syndicaliste, qui s’était engagé très loin dans la collaboration avec l’occupant aux côtés du président du Parti ouvrier belge, Henri De Man, a piloté le patronat belge à travers les années les plus difficiles de son histoire.

Pour le patronat qui, en grande partie, avait travaillé pour l’occupant, d’énormes intérêts étaient en jeu. Il devait faire des concessions, car il avait « le couteau sur la gorge ». Il fallait éviter « le pire », c’est-à-dire un mouvement de masse révolutionnaire, soutenu par les partisans armés et inspiré par la progression du socialisme en Europe de l’Est.

Déjà pendant la guerre la bourgeoisie avait préparé ce moment au plan militaire. Georges de Lovinfosse, agent de liaison du gouvernement en exil à Londres avec la Belgique occupée écrit : « La résistance armée dont nous voulions garder le contrôle risquait de nous échapper […] un soulèvement généralisé aurait mis la Belgique à feu et à sang […] ma mission était […] de garder à tout moment le contrôle de l’insurrection […] » « Le problème crucial était le suivant : Qui doit entre la Libération et le retour des autorités belges assumer le pouvoir civil et militaire[vi] ? »

Mais on avait aussi élaboré une stratégie de concessions sociales lors de négociations clandestines pendant la guerre. À partir de 1942, une vingtaine de cadres du syndicat chrétien belge CSC se sont réunis à intervalles réguliers sous la direction de leur président Auguste Cool. Pour Cool, « Les jours qui suivront la Libération seront capitaux. C’est alors qu’on décidera si on veut connaître une nouvelle période d’agitation, de lutte des classes, de méfiance entre travailleurs et employeurs, de division à l’intérieur des usines et des entreprises ou si on préfère la coopération. […] Nous souhaitons cette collaboration ; nous devons donc mettre en œuvre tout ce qui est en notre pouvoir pour éviter les troubles, les grèves, les conflits[vii]. » Dans des discussions secrètes, les patrons s’étaient assuré la loyauté des négociateurs socialistes et démocrates-chrétiens.

Le professeur Deleeck, ancien sénateur démocrate chrétien écrit à propos de cette période : « En Belgique, le développement institutionnel de l’économie de concertation et de la sécurité sociale a été élaboré pendant la guerre lors d’entretiens clandestins entre employeurs et dirigeants des travailleurs de toutes tendances idéologiques. […] Les travailleurs s’engageaient à accepter l’autorité propre des patrons dans l’entreprise (c’est-à-dire à renoncer au principe de la nationalisation d’entreprises) et à collaborer loyalement à l’intensification de la production nationale[viii]. » Dans le Pacte social de 1944, d’un commun accord, les partenaires ont inséré la phrase cruciale : « Les travailleurs respectent l’autorité légale des chefs d’entreprise et mettent leur honneur à exécuter leur travail, fidèles à leur devoir[ix]. » Un commentaire paru dans un journal boursier confirme : « Ce passage illustre parfaitement où voulaient en venir les pères de ce pacte : créer une structure qui pourrait dresser un rempart contre l’étatisation, promue par le communisme montant[x]. »

La peur de la bourgeoisie était donc bien réelle, mais en partie non fondée. En s’alliant — très justement — avec la bourgeoisie patriotique pendant la guerre, le PCB avait en même temps abandonné son programme autonome. Il s’est cantonné dans le respect du programme du Front de l’Indépendance (F.I.) où la bourgeoisie avait fait inscrire « le respect des libertés constitutionnelles » (point 6 du programme) c’est-à-dire du maintien de l’État bourgeois, de l’ordre bourgeois. Il n’a pas cherché à élever les aspirations des Résistants au-delà du but de « chasser l’occupant ». Pourtant, le peuple ne se battait pas seulement pour bouter dehors l’occupant, mais aussi pour que soit établie — après ces années d’horreur — une société juste et fraternelle. Le PCB n’avait pas d’autre perspective pour l’après-guerre que de ramasser des miettes du pouvoir par la participation au gouvernement. Au lendemain de la Libération, le Front de l’Indépendance appelle à la restauration de l’État, de ses institutions, de ses « libertés constitutionnelles ». Il appelle à la direction du pays le gouvernement belge d’avant-guerre, réfugié à Londres, ce même gouvernement qui a été si soucieux de protéger les fascistes belges et d’emprisonner les communistes. Le programme du F.I., approuvé par le PCB, prévoyait même la liquidation de la Résistance par son incorporation dans l’armée légale belge sous prétexte que la guerre n’était pas finie, alors que chacun savait sa fin proche et inévitable. Pour cela, il fallait désarmer la Résistance.

La crainte de l’U.R.S.S., la puissance des partis communistes dans certains pays européens, leur influence directe et indirecte sur le syndicalisme ont atténué les résistances des bourgeoisies d’Europe occidentale au progrès social. On peut en juger en comparant le taux (par rapport au PIB) des prélèvements obligatoires des pays européens à ceux des États-Unis ou du Japon. Les nationalisations étaient également à l’ordre du jour. À la Libération en France, par exemple, de Gaulle avait nationalisé en masse : les mines du Nord-Pas-de-Calais, Renault, Air France, le secteur de l’énergie, la navigation, quatre grandes banques, des caisses d’épargne et 34 compagnies d’assurance. Cela a entraîné, dans les pays capitalistes, une hausse des dépenses publiques par rapport au total des dépenses nationales.

 

Part des dépenses publiques dans le produit national brut des États-Unis (en %)

1913

7,1

1955

27,8

1929

8,1

1960

28,1

1940

12,4

1965

30,0

1950

24,6

1970

33,2

 

Part des dépenses publiques (y compris l’assurance sociale) dans le produit social net de l’Allemagne, puis de la République fédérale allemande (en %)[xi]

1913

15,7

1959

39,5

1928

27,6

1961

40,0

1950

37,5

1969

42,5

 

Jusque dans les années 80, les dirigeants syndicaux ouest-allemands, dont le presque mythique président de l’IG-Metall, Otto Brenner, avaient l’expérience que « lors des négociations avec les patrons, un partenaire invisible mais sensible était toujours présent à la table, la RDA socialiste [la République démocratique allemande ou Allemagne de l’Est][xii]. »

Un syndicaliste allemand écrit : « Je n’étais certainement pas un partisan de la RDA. Mais il y avait à l’époque, lors de négociations avec le patronat, une certaine pression. Il y avait, à l’époque, des acquis en RDA : paiement du salaire en cas de maladie des enfants, l’allongement des congés payés, la journée mensuelle libre et payée pour les femmes, les règles en matière de protection des mères et des enfants, la protection totale contre le licenciement, le paiement des heures supplémentaires ; tout cela avait des effets indirects lors des négociations collectives en République fédérale[xiii]. »

La preuve par la négative

La révolution d’Octobre et la création de l’Union soviétique, et non la participation de partis socialistes au pouvoir, ont été les événements les plus importants du 20e siècle pour les travailleurs de toute l’Europe. Cela se démontre aussi par la négative. Maintenant que la pression politique du socialisme a disparu, il est devenu presque impossible pour le mouvement syndical d’obtenir encore des progrès. Aux Pays-Bas, à l’occasion de l’adoption dans les années 90 d’une loi sur la maladie et l’invalidité beaucoup plus restrictive, le journal NRC Handelsblad, publiait ce titre révélateur : « Si Staline vivait encore, ou même seulement Brejnev, notre nouvelle législation ne serait pas passée. »

Le philosophe et professeur gantois Fernand Vandamme va dans le même sens : « Nous devions instaurer un large système de sécurité sociale parce que sans cela, nous serions peut-être devenus communistes. Maintenant que cette pression est tombée, il peut sembler attirant pour certains d’introduire partout un même système à l’américaine[xiv]. »

La concurrence d’autrefois entre socialisme et capitalisme, qui poussait les acquis sociaux vers le haut a fait place à une spirale sans fin vers le bas. 54 pays sont aujourd’hui plus pauvres qu’en 1990. 17 d’entre eux se trouvent en Europe de l’Est et dans l’ancienne Union soviétique[xv]. Après la destruction d’une grande partie de l’industrie, toute l’Europe de l’Est est devenue un réservoir de main-d'œuvre bien formée et bon marché, mise en concurrence avec les travailleurs d’Europe occidentale.

Depuis la disparition de l’U.R.S.S., le mouvement ouvrier en Europe n’a connu que des reculs, et ce, malgré et même à cause de la participation pratiquement ininterrompue des partis sociaux-démocrates au pouvoir. Depuis 1989, le fameux modèle rhénan dit « d’économie de marché sociale » n’a produit aucune avancée sociale. Nos enfants seront la première génération depuis 90 ans dont la protection sociale sera moins bonne que celle de leurs parents. La journée des huit heures, la semaine de cinq jours et l’emploi stable ne sont plus que des souvenirs. La moitié des jeunes en Belgique démarrent leur carrière avec des emplois à temps partiel. Les emplois intérimaires, précaires poussent comme des champignons vénéneux. Dans certains pays pourtant riches comme l’Allemagne, il faut travailler aujourd’hui jusqu’à 67 ans pour avoir droit à une pension de retraite complète. Entre-temps, des millions de jeunes ne trouvent pas de travail décent et ne peuvent s’installer ou fonder une famille. Bientôt, il sera impossible de survivre sans pension privée complémentaire, de se faire soigner à l’hôpital sans assurance privée complémentaire. Mais ces assurances privées sont un luxe inaccessible à une grande partie des travailleurs.

Les dirigeants européens veulent, à travers leur stratégie Lisbonne 2020, renforcer la fameuse flexicurité. Leurs plans prévoient la remise en cause d’une grande partie des conquêtes sociales en matière de contrat de travail, de droit au préavis.

Les services publics de l’énergie, des transports, de la poste, de la distribution d’eau sont démantelés et livrés à des multinationales. Au lieu d’assurer des services de base à la population, elles n’assurent plus que des dividendes indécents aux actionnaires de Suez, de Veolia et autres. En même temps, des pauvres, même avec un emploi, doivent aller quémander des chèques énergie pour pouvoir s’éclairer et se chauffer.

Depuis la disparition de l’U.R.S.S., 10 % du produit national brut de la Belgique, 10 % de toutes les richesses utilisées auparavant pour la sécurité sociale et les services publics, sont passés des fonds collectifs de la sécurité sociale dans les coffres des détenteurs de capitaux.

Depuis deux ans, le monde capitaliste a sombré dans une nouvelle crise, la plus grave depuis les années 1930. La richesse mondiale a baissé. Dans la plupart des pays, le chômage a augmenté de moitié. Pour l’Union européenne, il y a eu 5 millions de chômeurs en plus.

Dans sa polémique avec l’opposition trotskiste, Staline disait lors du 7e Plénum élargi du Comité exécutif de l’Internationale communiste : « Qu’arriverait-il si le capitalisme parvenait à écraser la république des Soviets ? Cela instaurerait une ère de réaction extrême dans tous les pays capitalistes et coloniaux. La classe ouvrière et les peuples opprimés seraient saisis à la gorge, les positions du communisme international seraient perdues[xvi]. » Ces paroles se vérifient aujourd’hui.

Depuis la disparition de l’U.R.S.S., à laquelle ils ont fortement contribué, les socialistes européens n’ont plus obtenu un centimètre de progrès social. Tout ceci réduit au statut de fable l’argument que les acquis sociaux du 20e siècle sont à mettre à leur actif. Si leur politique avait prévalu, il n’y aurait jamais eu d’Union soviétique et la bourgeoisie aurait pu dormir sur ses deux oreilles pendant longtemps encore.

Dès le début de la révolution d’Octobre, les dirigeants sociaux-démocrates, et parmi eux les dirigeants du Parti ouvrier belge, ont été à l’avant-garde du combat contre le nouvel État socialiste. En mai et juin 1917, en pleine révolution démocratique russe, les chefs du POB Vandervelde, De Brouckère et De Man sont allés sur le front russe pour inciter les ouvriers et paysans russes à continuer la guerre contre les Allemands aux côtés des Français, des Anglais et des Belges. De Brouckère et son collègue De Man ont même conseillé à des responsables russes de tirer à la mitrailleuse sur des soldats du septième corps sibérien qui se mutinaient. Quand, en décembre 1917, une coalition internationale dirigée par la France et l’Angleterre a envahi la Russie et provoqué une guerre civile sanglante aux côtés des contre-révolutionnaires dirigés par les anciens officiers tsaristes, les dirigeants du POB se sont rangés du côté de la contre-révolution. Durant toute la guerre civile, le journal du POB, Le Peuple, a mené une campagne violente contre la révolution d’Octobre et les autres révolutions en Europe. En décembre 1918, il écrivait qu’ « un succès des spartakistes en Allemagne nécessiterait une intervention des troupes anglo-françaises ». En mai 1919, il soutenait l’intervention étrangère contre le pouvoir soviétique[xvii].

Les nouveaux socialistes

Mais voilà qu’apparaissent de « nouveaux socialistes » qui ressortent cette fable de la poubelle de l’histoire. Ils défendent le réformisme des « anciens socialistes » contre les néolibéraux de la social-démocratie genre Schröder, Blair. En Allemagne, Gregor Gysi, le dirigeant du parti Die Linke est de ceux-là. En août 1999, il a publié « Douze thèses pour une politique du socialisme moderne[xviii]. » Il y parle de « l’ère sociale-démocrate » et de ses grandes conquêtes : « le développement de la productivité, l’innovation et l’élévation culturelle de larges couches de la population au cours des 50 dernières années obtenues entre autres grâce à la grande influence de la social-démocratie » (thèse 2).

Dans une critique cinglante de ces thèses[xix], l’historien communiste allemand Kurt Gossweiler rétorque : « L’augmentation de la productivité et l’innovation n’ont rien à voir avec la social-démocratie. Au cours de cette ère dite sociale-démocrate, les États-Unis étaient à la tête de ces évolutions. D’ailleurs, si on prend comme critère la deuxième moitié du 20e siècle, le SPD (sociaux-démocrates) n’a été au gouvernement que pendant 16 années et n’a dirigé le gouvernement que pendant 13 ans. Pendant 37 ans, c’était la CDU (chrétiens-démocrates) qui dirigeait la barque. La situation dans les autres pays d’Europe occidentale était similaire. »

Gysi décrit cette période comme « une longue phase de prospérité, plein emploi, développement du pouvoir d’achat lié à l’augmentation de la productivité, prestations sociales liées au développement des revenus du travail, sans toutefois pouvoir vaincre totalement la pauvreté. La participation de la population avançait : cogestion dans les entreprises. On a créé des institutions qui défendaient les intérêts des travailleurs et remplaçaient en partie le principe du capital par celui de la participation sociale. Tout cela grâce d’abord aux syndicats, ensuite à la social-démocratie et aux mouvements socialistes et enfin, à la concurrence avec le socialisme d’État. »

Gossweiler s’étonne que Gysi mette la pression des pays socialistes en dernier. « C’est étrange : toutes les institutions auxquelles Gysi attribue les progrès sociaux existent toujours. Qui plus est, la social-démocratie dirige le gouvernement dans les premières années du 21e siècle, non pas avec la droite, mais avec les Verts ! Mais depuis la date exacte de la fin de la “concurrence avec le socialisme d’État”, ces institutions n’ont plus rien réalisé au profit des travailleurs. Elles n’ont même pas pu empêcher le mouvement dans un sens contraire à celui de l’époque de la concurrence. Nous ne voyons plus que recul et cela s’est aggravé sous Schröder. Je ne parle même pas de la dernière conquête de la social-démocratie : le retour de l’Allemagne comme puissance qui participe à des guerres. »

Et on s’étonne avec Gossweiler du fait que Gysi qui admire tant les réalisations de l’ancienne social-démocratie « ne chante pas plus les louanges de réformes telles que la réforme agraire qui a donné la terre de la RDA à ceux qui la travaillent, ou la collectivisation des moyens de production par l’expropriation des grosses banques et industries, la réalisation de l’égalité de droits des femmes, la généralisation de l’enseignement, des soins de santé gratuits, du droit au travail. Ce sont des acquis qu’aucun parti social-démocrate n’a réalisés. Ils existaient dans la République démocratique allemande. Pour les nouveaux socialistes à la Gysi, seule la social-démocratie a droit au respect. Quant aux acquis réellement historiques de la RDA, il faut selon les paroles de Gysi au Congrès de Berlin du PDS en janvier 1999 “mettre à jour sans ménagement et de façon critique les rapports qui ont existé en RDA”. Que pouvons-nous en conclure ? Les “nouveaux socialistes” n’apprécient et ne défendent que les réformes qui ne touchent pas au capitalisme. Celles qui enlèvent au capitalisme ses fondements ne sont dignes que de critiques “sans ménagement”. »

L’héritage révolutionnaire d’Octobre

Non, la liquidation des États socialistes n’a pas été une « avancée de la liberté », c’est un processus contre-révolutionnaire qui a eu raison des acquis sociaux et humains des peuples de l’Est !

Aujourd’hui, le débat entre ceux qui se revendiquent de l’héritage révolutionnaire d’Octobre et les partisans d’une nouvelle variante de la social-démocratie est à l’ordre du jour. Dans la classe ouvrière, la social-démocratie traditionnelle est de plus en plus discréditée. Certains veulent prendre sa place en parlant d’un « socialisme moderne », où il ne serait pas nécessaire de socialiser les moyens de production. Ils promettent, sans vouloir toucher aux bases économiques du système, « une alternative progressiste », « la paix », « la justice sociale », « un développement durable » que tous nous souhaitons de nos vœux.

La crise multiple dans laquelle se trouve le capitalisme offre pourtant des possibilités de remettre à nouveau le socialisme au centre du débat politique. C’est ce que doit admettre Joseph Stiglitz qui a démissionné, en son temps, de son poste d’économiste en chef de la Banque mondiale : « Le combat des idées pour savoir quel système économique est le meilleur pour le peuple est un héritage de la crise actuelle. Nulle part, ce combat n’est mené avec plus d’acharnement que dans le tiers monde, en Asie, en Amérique latine et en Afrique, où vivent 80 pour cent de l’humanité. Là-bas, la lutte des idées entre le capitalisme et le socialisme fait rage. […] Après la chute du Mur, les pays communistes de l’Europe de l’Est ont remplacé Karl Marx par Milton Friedman. La nouvelle religion ne leur a apporté aucun salut. Beaucoup de pays peuvent tirer la conclusion que non seulement le capitalisme de liberté à l’américaine s’est soldé par un échec, mais aussi que le concept même de l’économie de marché ne fonctionne pas[xx]. »

À l’heure de la crise la plus féroce depuis 70 ans, il faut le dire clairement : l’économie de marché, le capitalisme, ne fonctionne pas. On ne peut pas en créer une version sans crises, sans chômage, sans guerres. On peut seulement la remplacer à travers une révolution socialiste, la socialisation des grands moyens de production, le pouvoir politique des travailleurs, la démocratie pour le plus grand nombre.

Le vingtième siècle aura été le siècle de la répétition générale de la révolution socialiste mondiale. L’expérience tant positive que négative permet à toutes les forces anticapitalistes d’avoir une meilleure compréhension de la justesse historique des principes de la révolution d’Octobre. En effet, au cours de la première moitié du vingtième siècle, la fidélité aux principes marxistes-léninistes a apporté des victoires aux forces révolutionnaires dans le monde entier ; au cours de la seconde moitié de ce siècle, leur liquidation progressive par le révisionnisme a provoqué des défaites cinglantes au niveau mondial.

 

 

Herwig Lerouge est rédacteur en chef d’Études marxistes et membre du Conseil national du Parti du Travail de Belgique.

 


[i] Études marxistes no 67-68, Kurt Gossweiler, Hitler : L’irrésistible ascension ? chapitre 5, « Origines et variantes du fascisme », Éditions Aden, Bruxelles, 2006.

[ii] J. Bartier, La politique intérieure belge (1914-1940), Bruxelles, 1953, t. 4, p. 47. Cité dans Claude Renard, Octobre 1917 et le mouvement ouvrier belge, 1967, Éditions de la Fondation Jacquemotte, Bruxelles, p. 63.

[iii] Le mouvement syndical belge, no 5 du 25 mai 1936.

[iv] Idem, no 10 du 20 octobre 1934.

[v] Trends, 14 octobre 1993, p. 172.

[vi] Georges de Lovinfosse, Au service de Leurs Majestés : Histoire secrète des Belges à Londres, Byblos, 1974, p. 186-187 et 196.

[vii] Peter Franssen et Ludo Martens, L’argent du PSC-CVP, Éditions EPO, p. 29-30.

[viii] Herman Deleeck, De architectuur van de welvaartstaat, ACCO, 2001, p. 2. Cité dans Carl Cauwenbergh, « La sécurité sociale n’est pas une conquête de la social-démocratie », Études marxistes no 27, 1995, p. 15.

[ix] Projet de convention de solidarité sociale, 28 avril 1944.

[x] Financieel Economische Tijd, 19 octobre 1993.

[xi] US Department of Commerce, Long Term Economic Growth, Statistical Abstract of the United States 1971. Elemente einer materialistischen Staatstheorie, Frankfurt 1973.

[xii] http://www.prignitzer.de/nachrichten/mecklenburg-vorpommern/artikeldetail/article/111/der-anfang-vom-ende-der-ddr.html.

[xiii] http://www.wer-weiss-was.de/theme75/article3238793.html.

[xiv] De Morgen, 4 septembre 1993. Cité dans Carl Cauwenbergh, « La sécurité sociale n’est pas une conquête de la social-démocratie », Études marxistes no 27, 1995, p. 17.

[xv] Données des éditions 2003 et 2006 des UN Human Development Reports.

[xvi] J. V. Staline, Propos tenus lors du 7e Plénum élargi du Comité exécutif de l’Internationale communiste, automne 1926.

[xvii] Émile Vandervelde, La Belgique envahie et le socialisme international, Berger-Levrault, Paris 1917.

[xviii] http://www.glasnost.de/pol/gysiblair.html, août 1999.

[xix] Kurt Gossweiler, « Der “Moderne Sozialismus” — Gedanken zu 12 Thesen Gysis und Seiner Denkwerkstatt », http://www.kurt-gossweiler.de/artikel/gysi12t.pdf.

[xx] http://www.ihavenet.com/economy/Stiglitz-Will-Capitalism-Survive-The-Wall-Street-Apocalypse.html, cité dans « La crise, les restrictions et les germes du changement », Résolution du Conseil national du PTB, 15 mars 2010 http://www.ptb.be/fileadmin/users/nationaal/download/2010/03/crise.pdf.